Capítulo 2
No soñé
nada, pero podía oír con claridad lo que ocurría afuera, las gotas de agua
golpeando con violencia, el ulular de los animales nocturnos y un grito…
Desperté.
A estas cosas no podía llamarlas pesadillas,
pues no habían imágenes, y entonces si no lo eran, que eran en realidad.
Me senté y recordé
que día era.
Hoy era el
día en que darían los resultados a las
pruebas de compatibilidad.
Suspiré
pesadamente y salí de la cama.
Después de
entrar al baño me quedé mirándome en el espejo. No quería más humillaciones, pero
creía que iba a ser difícil evitarlas.
Después de
salir del baño y saque una falda azul y una camiseta blanca con un abrigo del
mismo color y deje mi cabello suelto.
Tomé el tren
a la misma hora, e hice mi rutina diaria
puntualmente. Le di una pequeña sonrisa a Daniel cuando me senté a su lado, él
me respondió con una sonrisa tensa, él estaba igual de nervioso que yo, o tal
vez no. Al poco tiempo Carrie se subió al tren, a pesar de su emoción reflejada en
su mirada, permanecimos en silencio todo el viaje a la escuela.
La primera
hora de clase era tan inservible e inútil que todos los estudiantes estaban
distraídos jugando con sus lápices o comiéndose las uñas, hablando con sus
amigos o simplemente mirando al techo, ellos sabían que más importante que eso,
era que en solo unas horas conocerían el rostro de la persona con la cual
vivirían el resto de su existencia.
Todos
estaban reunidos en el comedor, el aire era frenético y tenso, muchos
emocionados otros no tanto, como Daniel y yo. Después de salir de clases le
dije a Carrie que tenía que hacer algo importante. Fui al baño y me
encerré en uno de los compartimientos,
respire lo más profundo que pude y me decidí
por hacerle frente, pues si mi vida no continuaría aquí, no necesitaría
esto, no lo necesitaba. Tome aire por última vez y salí del baño.
El pasillo estaba vacío, todos los estudiantes
se hallaban en la cafetería esperando su llamada, eso me quito un peso en el
pecho, pero volvió tan pronto como se fue, cuando una puerta se abrió y de ella
salió un chico unos años mayor que yo, con cabello tan negro como el carbón y
corto, sus rasgos eran masculinos y su presencia imponente, era bastante alto,
¿sería incorrecto decir que era guapo?, debía ser uno de los guardianes que
tenían que venir aquí hoy con las pruebas, se destacaba por su vestimenta
completamente blanca, pero había algo fuera de lo común con ese chico, era…
eran sus ojos.
Eran azules.
Eran de un
azul eléctrico que destilaban peligro y algo más que no pude descifrar. Era eso
y su forma de caminar, calmada y orgullosa lo que me dio curiosidad.
El chico de
los ojos azules pasó por mi lado, él estaba mirándome, pero a comparación de
mí, que con probabilidad lo observaba como psicópata, él lo hacía con
curiosidad y algo más, eso mismo que no pude descifrar al principio. Mis
mejillas se calentaron al encontrarme directamente con su mirada.
Cruce el
pasillo al igual que el chico, tenía el corazón a en una mano y todo se debía
tanto al chico, lo cual era peligroso y de acuerdo con lo que se avecinaba a
continuación.
Abrí las
puertas y me escurrí entre las mesas hasta la de Carrie.
- ¿¡Dónde
estabas!? ¿Por qué demoraste tanto? – Dijo Carrie con la mirada puesta en los
guardianes que repartían los sobres. Iban por la L.
- Mitchell
Lincoln – Dijo uno de ellos.
- Scarlett
Lawrence-
- Maya Lee –
Cuando al
fin llegaron a Carrie casi se muere hiperventilando.
- Carrie Marsten
-
Después de
ella fue Daniel.
- Daniel Medwick- Él fue con toda calma hacia los
repartidores y luego se alejó con la misma.
Pasaron mil
años antes que me llamaran.
- Elizabeth
West – Pase con pasos ligeros entre la multitud, cuando me acerque tome el
sobre y regrese con la cabeza gacha.
Antes de ver
la cara de emoción de Carrie entré en pánico, no quería que vieran mi expresión
cuando lo abriera, era demasiado íntimo, así que salí corriendo al baño,
mirando hacia atrás confirmando que nadie le hizo caso a mi huida, justo en el
momento que volví mi vista hacía adelante
me enredé con mis propios pies y caí al piso, mi cabello se extendió
sobre mi rostro y las lágrimas amenazaban con salir, no lloraba con frecuencia,
pero estos días era hiperconciente de mi incompetencia. Esto era frustrante,
tan torpe, tan imposible.
Respiré
pesado, no me podía romper allí, no podía, no lo haré, me repetí una y otra vez
antes que las lágrimas se derramaran. Justo cuando decidí ponerme de pie, una
mano se extendió ante mí, no podía ver su dueño, pero aun así la tome, me pare
un tanto inestable y me aparte el cabello del rostro.
Cuando
levante la mirada vi al chico de ojos azules, y al verlos más de cerca, noté
que eran llamativos, tenían motas verdes y de un azul más oscuro, eran fuertes
y peligrosos, era difícil soportar su mirada tan intensa, aunque también era
igual de difícil evitarla, podría decirse que estaba anonadada. Aquí no ves
ojos azules, muy de vez en cuando verías unos grises, pero no llamaban tanto la
atención como los verdes o azules, y aunque en realidad nunca había visto los
ojos azules en alguien, y estos eran particularmente bonitos, la verdad eran
hermosos.
- Gracias –
Dije cuando recobre el sentido, mis mejillas se llenaron de color y se sentían
calientes por la vergüenza, me solté de su agarre y se sentía incómodo, pero a
pesar de eso no de la misma manera incomoda y llena de temor que siempre, su
brazo era fuerte y sus dedos se sentían algo callosos en contacto con los míos,
él me dio una sonrisa cortés, pero sus ojos se estaban burlando de mí, despegue
mi mirada de la suya. Él me hizo despertar algo entre la ira y la emoción, no
sabría llamarlo, sea como sea me gusto esa sensación.
Me escabullí
de su agarre y salí corriendo al baño.
Ya allí,
puse el pestillo, me senté en el lavamanos y abrí el sobre con dedos torpes
dejando a un lado el suspenso.
Suspiré y
cerré los ojos un segundo, no sé porque me preocupo si no voy a estar aquí,
pero que tal que me arrepienta, que al final de cuentas sea una cobarde más y
me que quede aquí atrapada.
Al diablo
con esto, tengo al menos que saber.
Eran tres
nombres y junto a ellos su foto.
- Adrian
Thorne – No tengo idea de quién es, debe ser del otro instituto, tenía el
cabello castaño rizado y los ojos oscuros. Como todos
- Dylan
Anderson – Esto podía ser una broma, una broma muy pesada, este es el chico
autor de mi apodo, por el que soy humillada a diario… y quedamos juntos, que
podría tener en común con este chico. En su foto se veía tranquilamente
sonriendo con su abundante cabello castaño peinado hacia un lado y sus ojos
color ámbar con una calidez que nunca llegue a conocer.
Y el último.
Oh. Santo.
Cielo.
Me bajo del
lavamanos, arrugo la carta y la tiro en la papelera más cercana. Quito el
pestillo y salgo corriendo a la cafetería, buscándolo con la mirada, esto no
podría ser posible, era en lo último que pensaría, es tan inesperado.
Cuando lo
encuentro, me escabullo entre los chicos hasta que llego a él. Él me reconoce e
intercambia una mirada conmigo.
- ¿Tú ya...?
– Dice en voz baja y precavida.
Asiento
Nos miramos
en silencio un buen rato, nuestras miradas fusionadas en un abrazo, pero el
sentimiento de angustia se desvanece a los pocos segundos remplazándolo por
risas sin sentido.
Ignore la
mirada de desagrado de Dylan Anderson y seguí riendo hasta las lágrimas, no era
gracioso, solo que… no parecía real.
Pude haber quedado con cualquiera y estoy segura que no sentiría ese dolor de
la pena en el pecho, si hubiera quedado con alguno del sequito de Dylan u
otros. En este punto ya no me importaba estar en público, era demasiado
ridículo lo que sucedía. Y Daniel lo sabía, Daniel Medwick era una de mis opciones, y yo era una de la
suyas.
Ese día
Daniel y yo decidimos irnos caminado a casa, a Carrie la había recogido su
madre temprano, así que estábamos solos, hablábamos sobre cosas sin sentido,
como si no estuviera ocurriendo nada, casi evitando cada tema que tuviera que
ver con ello, era mejor así.
Paró una
cuadra antes de llegar a mi casa, yo pare viéndolo unos pasos más adelante, él
miraba por encima de mi hombro al horizonte y luego a mí, el sol del atardecer
hacia que sus ojos brillaran de una manera, que… que quemaban.
Me tomo de los hombros, pero antes que pudiera
decir algo le interrumpí.
- Por favor,
suéltame – No soportaba el más mínimo contacto, no tenía algún recuerdo que me
diga algún indicio de esa fobia, solo la tenía, era miedo combinado con pánico
e ira.
- Lo siento,
se me olvido – Dijo Daniel.
- Lizzie…-
tomo aire antes de empezar de nuevo – Sé
que esto es muy raro, y difícil y todo, pero solo faltan unas horas y nos
iremos de aquí – Miró hacia ambos lados y siguió caminando.
Me quede
pasmada por unos segundos, hasta que tome noción de la situación, corrí hacia
donde él se encontraba caminando como si no hubiera dicho nada importante.
- Daniel,
¿tú como...?… tú como sabes que…. – Pregunte balbuceando un poco y sintiendo un
poco de vergüenza, y a mis mejillas tomar color.
- Tu misma
te delatas Lizzie – Dijo con una risa áspera – Cada vez que mencionan el día de
la elección tus ojos cambian a una expresión colérica y en unos pocos segundos
después se vuelven fríos y decididos, no como Carrie que soñaba y farfullaba
sobre quedar con David Knight – Dijo serio excepto en la última parte.
Rodé los
ojos.
- David
¿qué? – Dije tratando de cambiar a donde iba esto.
- El hijo
del alcalde – Dijo en un tono despectivo – El punto Lizzie, es que vas a estar
bien, no vas a estar sola, yo estaré contigo.
Eso no me lo
esperaba.
- ¿Tú también?
– dije en voz baja, apenas sabiendo lo que eso significaba.
- Si, fue
una decisión que tome hace mucho tiempo, no creo ser capaz de casarme con
Sammantha Harris, Nathalie McGuire o una tal Elizabeth – Dijo en un tono
sarcástico. Sus opciones eran buenas, demasiado, pero eso no sería lo extraño
en esta situación, él tiene un gran encanto, pero… porque conmigo, yo, toda
fuera de lo común, hecha un desastre, confundida, como es que tengo
oportunidad.
Sonreí un
poco, no muy convencida.
Cerró un
poco más el espacio que había entre nosotros, ambos respirábamos pesado, no
podía sostener su mirada, desde donde estaba podía sentir como olía, al igual
que su abrigo, a hierba fresca y a menta. Di un paso hacia atrás poniendo espacio entre nosotros, era demasiado
incómodo. Caminamos hasta mi casa sin decir una sola palabra, el aire se había
puesto demasiado tenso.
Me despedí
de Daniel con un gesto con la mano y entre a casa, donde mamá estaba haciendo la cena.
- Hola –
Dije acercándome a tomar algo de beber.
- ¿Cómo te
fue, Lizzie? , ¿Ya viste los candidatos? – Dijo con algo de ansiedad.
- Si, mamá – Los estudiantes recibimos una y
los padres otra, solo… para tener constancia – Imagino que tu igual –
- Así es
hija – dijo dejando el cucharón, para luego lavarse las manos y secárselas en
el delantal - ¿Qué dices? ¿Quién te parece una buena opción? -
Esto no lo
había pensado, no sé cómo responderle.
- No lo sé
mamá, el primero no lo conozco, el segundo tiene una actitud bastante molesta,
y el tercero… el tercero es complicado –
- ¿Por qué
es complicado Lizzie? – Pregunto acercándose más.
- Porque…
porque lo conozco… - Dije retorciéndome por dentro.
- Si bueno,
según parece también conoces a él segundo – dijo ella confundida – así que no
entiendo cuál es el problema –
- Lo conozco
más que a el otro – Dije aún más incómoda.
- ¿A qué te
refieres con conocerlo? – Dijo subiendo un poco más el tono de voz
Decidí
soltarlo todo en ese momento, ya no había nada que ocultar.
- Él… él es mi amigo – dije en un susurro.
- Es tu
¿¿qué?? – Dijo claramente enojada – Discúlpame no te escuche con claridad -
- Es mi
amigo – Repetí temerosa de lo que se venía a continuación.
- Y lo dices
así de fácil, como si no fuera un acto ilegal, como si no te pusieras en
peligro, como si no nos pusieras en peligro – Dijo escupiendo las palabras con
ira.
- Sé que lo
es – Dije secamente.
- ¿Si lo
sabes entonces por qué lo haces? - Dijo
cruzándose de brazos.
- Por qué,
porque es mi amigo, y es buena persona – dije sin saber exactamente como defenderme.
- ¡¡¿¿ Cómo
puedes tener una relación de amistad con un chico Elizabeth??!! – Dijo agitando
sus brazos sobre su cabeza.
- ¿En qué se
diferencia de Carrie? – Nunca, nunca había retado a mis padres, era ridículo
hacerlo, no había razón, pero ahora la había, y no me quedaría callada.
- Como que
en que se diferencia Elizabeth, con ella puedes hablar o hacer otras cosas –
Dijo con la cara roja de la ira.
- ¿Y con él no puedo hacer esas cosas? – Dije
desafiante mirándola con a los ojos.
- ¡¡No!! ,
con un chico haces cosas que no puedes hacer hasta el matrimonio y arruinas tu
vida – Exclamó claramente convencida que tenía razón.
- Eso crees
de mí – dije en voz baja agachando la cabeza, no lo podía creer, mi propia
madre me creía una cualquiera.
- Eso es lo
que estas demostrando – dijo bajando un poco el tono, todavía no podía mirarla
a los ojos – Es un comportamiento inaceptable, estas siendo rebelde, cosa que
no necesitamos en esta comunidad –
Me aleje
todavía sin mirarla, si lo hacía me quebraría y todo lo que he estado
aguantando todos estos años saldría sin permiso.
Ella esperaba que le respondiera, en vez de
eso, salí de la cocina y me dirigí a mi cuarto.
-¿A dónde vas? – Dijo siguiéndome.
Ignore su
pregunta y seguí caminando.
- Detente
ahora mismo, no hemos terminado aún – Dijo atrás de mi
La ignore
nuevamente.
- ¡¡Para
Elizabeth!! – Dijo demandante.
Tome aire y
me gire, trate de conseguir toda la calma posible y le hable.
- Sí eso es
lo que piensas de mí, es bueno saber tu concepto – camine directo a las
escaleras pero antes de llegar a la mitad me volteé – Es bueno saber que no me
necesitan aquí – Tome aire por última vez y dije – Buenas noches…- quise decir
hasta que nos volvamos a ver, pero sería muy evidente.
Cerré la
puerta tras de mí, y saque el libro que guardaba debajo del colchón, lágrimas
calientes se derramaban por mi rostro, una cosa era lo que te decían los demás,
pero una muy distinta era lo que pensaba tu familia, y ella pensaba que yo era
una cualquiera y eso me dolía, más que cualquier cosa que algún día Dylan
Anderson me hubiera dicho, su rostro lleno de decepción y unos toques de
tristeza, había algo más pero no pude saber qué era pues la ira me cegaba. Leí
hasta tarde hasta que los parpados se me cerraban solos, y la mente estaba en
blanco. Guarde el tomo y me dormí. Sabiendo una vez más, que no pertenecía aquí.
Esa noche, habían
muchos gritos de mujeres, hombres, niños, todos aterradores, pero uno hizo que mi corazón parara de palpitar unos segundos.
Mamá….
Esa palabra me vino a
la cabeza pero esa voz se escuchaba menos grave
que la de mi madre, era un poco más aguda.
Desperté.
Sequé mi cabello y lo
até en una coleta alta, y me puse un vestido de color marrón con franjas
azules, el vestido de ocasiones especiales, era
solo para darle gusto a papá.
Me metí al auto,
evitando las miradas de mi madre, tenía miedo que si la miraba mi voluntad se
quebrantaría y... perdería mi oportunidad.
Collin West era uno de
los miembros del concejo, más bien la burla del consejo, pues su hija era una
completa extraña, no como todas las mentes prestigiosas que eran sus hijos, fui
testigo de sus humillaciones, pero él nunca se vio decaído o molesto sólo, sólo
sonreía, más bien me sonreía a mí, papá siempre me hacía sonreír, cuando estaba enferma, triste o
decaída ahí estaba para mí. Pero a pesar del mal trato que le brindaban sus compañeros, ser miembro del concejo tenía sus beneficios como tener un
auto que eran escasos en la ciudad.
Teníamos que
dirigirnos al centro de aterrizaje llamado Bergsplane donde tendría que
escoger una de las dos puertas que decidirán mi vida.
Cuando llegamos nos
sentamos en una sala de espera llena de chicos con sus padres, las chicas
sonreían y escuchaban concejos de su madre, pues ellas sabían cuál era su
destino y se convertían en mujeres, y los chicos… los chicos también se
convertían en hombres.
Llamaron a varios chicos antes de mí, estaba
indecisa de como seria este momento, no sabía cómo despedirme de mi madre, así
que solo le di un beso y me fui sin mirarla a los ojos.
Respiré profundo y
pasé por las puertas dobles que allí se encontraban.
Una chica alta vestida
de blanco se acercó.
- Toma esta aguja y hazte un corte en el dedo
y ponlo en el scanner – Dijo la chica entregándome el objeto.
Hice lo que me pidió y
luego añadió – Ya viene tu padre a despedirse –
- ¿Y mi madre? –
- Solo se puede un
visitante, tiene diez minutos – se fue por el pasillo y tiempo después vino
papá.
Hizo un gesto con la
cabeza hacia dos sillas que estaban en el fondo de la habitación, tomó una y se
sentó en ella.
Su rostro estaba
drenado de emociones.
- Escúchame Elizabeth,
esto es importante y no tenemos mucho tiempo, así que presta atención – dijo
papá en un susurro, sus ojos no tenían el brillo natural que poseían
habitualmente, tragó en seco como si le doliera incluso el dejar pasar el aire
a sus pulmones.
Asentí rápidamente,
claramente curiosa de que diría.
- No somos tus
verdaderos padres Lizzie – Suspiró al mismo tiempo que yo, tenía algo de lógica
pero, dolía, dolía vivir todo este tiempo bajo mentiras. Lo dijo simple, y sin
rodeos, debía darle crédito, pero era demasiado tarde como para dejarlo pasar –
Pese a eso, no quiero que olvides que te amo y que estoy aquí para ti, haría cualquier cosa por ti, te voy a extrañar mucho pequeña, cuídate por favor, no sé qué haría
si… - muriera, quiso decir, pero en ese momento poco importaba lo que pasaría,
solo pensaba en como mi vida prácticamente era una farsa, y como literalmente
no hacía parte de la comunidad.
Suspiré, él lo sabía
todo este tiempo, bajé la cabeza ocultando la mirada, no podía mirarlo.
- Lizzie, querida, eso
no es significativo, pues no cambia nada de lo que eres para mí, es importante que nunca pierdas la esperanza
– Su voz era más ronca, como si no pudiera hablar más; tomó mi barbilla y la
levantó – Mira a los ojos, allí encontraras la verdad de cada persona.
- Te quiero Papá….eh…
yo… - dije, ya no teniendo idea de lo que yo era, de donde pertenecía.
- Tu eres mi hija
Lizzie, que nunca se te olvide eso – se levantó y se sacudió los pantalones –
Cuídate mucho, se fuerte, se feliz… - se quedó mirando hacia adelante y luego
bajo su mirada hacia mí – Estas destinada a grandes cosas.
Beso mi coronilla y
caminó hacia la puerta.
Juro que vi lágrimas
en sus mejillas, pero no dije nada, no era nada en comparación de lo que
acababa de suceder.
- ¿Papá? – Dije
insegura.
- ¿Si Lizzie? – Dijo
volviéndose.
- Te voy a extrañar –
Dije mirándolo a los ojos, con las lágrimas empañándolos
- Yo también – Regresó
solo para limpiarme delicadamente las lágrimas que brotaban de mis ojos - No
llores vas a estar bien, tienes la mirada de una guerrera – Dijo Guiñándome un
ojo.
Sonreí un poco y lo vi
irse por la puerta.
La última vez que lo
vería, y no fue con una sonrisa que lo despedí, fue con lágrimas, lágrimas que
nunca había visto en el rostro de papá.
Seque nuevas lágrimas con las mangas de mi chaqueta y
espere un minuto hasta que la chica llegara.
- Acompáñame por favor
– Dijo señalándome un pasillo
La seguí por un
pasillo estrecho hasta una habitación pequeña con dos sillas y una caja grande.
No era plenamente consciente, parte de mí estaba aturdida, con los brazos a mis
costados, y hecha un mar de lágrimas, y la otra simplemente ajena a la
situación, por suerte esa pequeña parte era la que reflejaba mi rostro, blanco
y sin expresión.
La chica me ofreció la
silla de al frente de la suya.
- Tengo que sacarte
sangre – Me mostró un tubito de vidrio casi del tamaño de un dedo.
Le pase mi brazo izquierdo y ella le dio golpecitos hasta
que la vena apareció. Metió la aguja y extrajo el líquido color carmín.
- Listo – Dijo
mientras quitaba la aguja de mi brazo. Me sentía un poco débil y mareada. La
chica lo notó porque empezó a rebuscar entre sus cosas – Toma esto – dijo en
tono cordial, entregándome un frasquito con un líquido color azul –
Restablecerá tu energía -
Abrí la tapa y bebí el
contenido, tenía un gusto metálico pero ignore las náuseas que me provoco y me
concentre en que mis fuerzas habían vuelto, casi instantáneamente.
Me pidió que la siguiera, hasta unas puertas.
Las puertas.
Eran de más de dos
metros de altura, una de un color blanco brillante, y hecha de acero, y la otra
más rústica de madera y una terminación opaca de pintura azul.
Según decía mi padre
quitaban la respiración, nunca le creí, pero entendí que lo que quería decir,
justo en ese momento, no era que fueran tan majestuosas, lo que sucedía es que
veías el resto de tu vida, representado en dos simples puertas.
La chica me entregó la
aguja y yo la recibí con dedos temblorosos.
- Ponla en el panel de
la puerta que elijas – Dijo señalando unas pequeñas pantallas en la parte
izquierda de cada una.
Asentí.
Me acerqué a ambas
puertas con pasitos vacilantes y con los dedos algo torpes, mirando a ambas indecisa
a que elegir.
Cerré los ojos y tomé
aire.
Cuando los abrí,
caminé hacia la puerta y presioné el émbolo para que la sangre fluyera.
Cualquier otro pensamiento que hubiera tenido, estaba atrás. Ya era el pasado.
Sea lo que sea que haya
detrás, ya era parte de ello.
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