La observaba con expresión ausente y vacía. Quería parecer ajeno
a lo que sucedía. Pero con la mirada de ciervo en su rostro, era imposible
pasar por alto el miedo que estaba experimentando en ese momento. Su rostro pasó de jocoso y divertido a confundido
en un abrir y cerrar de ojos. Todos en la sala lo estábamos. Algunos la
observaban como un grupo de halcones hambrientos, esperando que cayera para
devorarla. Y otros esperabamos a que las
cosas cayeran en su lugar.
Ella apuntó a su pecho en una pregunta silenciosa.
–Sí, niña. Tú.
La respuesta resonó en los altos techos y en los oídos de todos nosotros. Ella
avanzó.
No entendía porque era tan estúpida en ciertas ocasiones. ¿Tenía
idea del poder que poseía?, ¿del miedo que le tenían? No, simplemente se
escondía entre la multitud ,como si fuera posible. Sabía que tenía su carácter,
pero lo ocultaba tras una fachada de timidez.
Tan pronto como subió a la arena, segundos después cayó.
Unos chicos del hospital vinieron a revisarla. Dijeron que
estaba bien, sólo necesitaba una bolsa de hielo para su ojo y algo de descanso,
así que se la llevaron al hospital. En el tiempo libre fui a echarle un vistazo;
su ojo izquierdo estaba rodeado de piel
muerta, lo cual contrastaba con su pálida tez. Salí prácticamente corriendo ahí.
Me detuve en mi habitación y traté de
distraerme, contando los paneles del techo; eran 150, lo había hecho ya muchas
veces, después de la tercera vez para comprobar, me di por vencido. Era
imposible distraerse. Al menos con esa imagen grabada en su cabeza.
Quisiera decir que al día siguiente no sucedió lo mismo.
Pero así fue.
Ese chico Darrell, tenía una mirada de horror y culpa
grabada en su rostro al momento que ella cayó en la arena. Al menos lo hizo
rápido.
Los días siguientes
fueron lo mismo, había días en los que aguantaba más que otros, pero aun así se
sentía muy familiarizada con el piso, sé
que todos podíamos notar que ya no se sobresaltaba cuando la llamaban una y
otra vez, día tras día. Incluso podría decir que estaba aburrida. Era su
rutina.
Su rostro estaba magullado y sus brazos llenos de cardenales.
Sus ojos estaban cansados, como si estuviera a un pelo de rendirse.
Pero ese día, sentí el peso muerto de su cuerpo en mis
hombros al verla caer. Al ver sus ojos cerrarse. Y casi no volver a abrirse.
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