Mis
nudillos escocían al tocar el árido material, había golpeado el saco con toda
la fuerza que tenía y aun así este no se movía ni un miserable centímetro.
Desventaja de tener manos de niña, no obstante Katherine;la otra chica, no
parecía tener problemas con ello. Si su saco hubiera sido un hombre, el pobre
sujeto ya andaría moribundo y sangrante.
- Correr no
resolverá todos tus problemas niña – me dijo el chico esta mañana.
Pero
recordármelo no haría la diferencia, pensé amargamente. Seguí mirando su saco,
como se retorcía ante su toque brusco y enérgico, pero lo se veía lo inexperta
que era por sus golpes frenéticos y desvariados. De repente paró de maltratar a
la bolsa y se giró hacia mí, me dedico una sonrisa que muchos estarían de
acuerdo que no era amigable; era un reto, una promesa, una amenaza. Se volvió
de nuevo hacía su saco y comenzó a pegarle con más fuerza, yo imaginé como con
el último de sus golpes, éste de desintegraba y caía como peso muerto al suelo,
aunque sabía que en su cabeza era yo a quien mandaba a ver estrellas. Tragué en
seco
- Deja de
verla y vuelve a empezar – dijo Mia a mi lado.
Asentí
ausente y lancé el primer golpe con un
poco de ira, el saco se movió un poco, sonreí para mis adentros, dos podían
jugar este juego. Al lanzar el segundo golpe un ruido sordo interrumpió mi
propósito, me giré hacia mis compañeros para observar al saco de Katherine
desparramado en el suelo, pero lo que me sorprendió fue la expresión anonadada
en su rostro, como si ella misma no creyera que fue quien lo tumbó. Negué con
la cabeza y me giré de nuevo, no necesitaba verla regocijarse con mi
desconcierto y menos ahora que me había unido a su juego. Una ola de murmullos
se alzó en ese instante. No podía negar la nube de celos se alzaba sobre mi
cabeza, recordándome que tal vez este juego iba ser imposible de ganar.
- Alto –
Dijo su voz, apagando los susurros de la habitación – Nos vemos aquí mismo
después del almuerzo.
Miré mis
nudillos, estaban rojos y en carne viva, me tragué una oleada de náuseas,
respiré profundo y tomé las mangas de mi camiseta y las halé hasta los codos;
aún me sentía cohibida, incluso con el significado que sus ropas emitían. Me
dirigí hacía la salida, esperando poder llegar a quitarme todo esto de encima,
o al menos eso quería.
- Greenie – Llamó el chico, me volví hacia él y este
hizo un gesto que me acercara, me quede plantada en mi lugar, no quería verlo
diciéndome que no tenía futuro aquí –
Acércate –
Me moví
hacia él con pasos inseguros y mirando a mis zapatos, estaba segura que si
miraba a sus ojos saldría corriendo como una gran cobarde pero gracias al
universo Mia llegó a rescatarme.
- ¿Qué
pasa? – Preguntó junto a mí.
- Necesito
hablar con ella un segundo – Respondió con voz plana.
- Lo que
tengas que hablar con ella, estoy segura que puedes decirlo conmigo presente
¿No crees?–
Una sonrisa
maliciosa se expandió por su rostro.
- No te
preocupes, está fuera de las reglas jugar con un oponente poco digno – Estuve a punto de darle un golpe en el
rostro, pero al ver los resultados recientes no surtiría efecto, en vez de ello
pensé en toda la clase de insultos que le diría, claro si no fuera tan
cobarde.
Creí verlo
reprimir una sonrisa, imagino que por la mirada ofendida en mi rostro, o tan
sólo lo habría imaginado, como sea.
Mia me echo
una última mirada preocupada mientras que a él le lanzaba dagas con sus ojos.
- Cinco
minutos – le dijo a él – Te veo afuera – añadió señalándome.
Me paré más
derecha y traté de encararlo, a pesar que claro, me llevaba unos buenos diez
centímetros y eso si me sentía de buen humor.
Su “casi
sonrisa” se convirtió en una mueca, se veía incomodo conmigo, imagino que con
la multitud aplacaba el golpe de mi presencia. Era mucho decir que miraba a
cualquier lado, menos a mí. ¿Halagador? Si eso era bastante satisfactorio.
Incluso me
sorprendió oír mi voz en ese momento, el silencio era palpable y romperlo fue
como pasar una cuchilla por un trozo de poliestireno.
- ¿Qué
pasa? – Mi voz era plana e imperturbable, aunque no era así.
- Mañana,
cinco a.m., aquí mismo – dijo volviéndose hacia mí por unos cortos segundos.
Lo miré
confundida.
-¿Qué? ¿De
qué estás hablando? –
- Necesitas
ayuda, cuando lleguen las peleas, te van a acabar – dijo ausente.
- ¿Y tú
como sabes qué es así?, esta es la primera vez que hago esto, qué te dice que
después no lo lograré…
- Los demás
al menos movieron el saco – respondió cortante y empezó a caminar hacia la
puerta – mañana va a ser la primeras
peleas de simulacro, y si te dejan tendida no será mi responsabilidad
despegarte del suelo – y con esas
palabras tan inspiradoras y solidarias me dejó sola en el patio.
- ¿Qué te
dijo? – Preguntó Mia.
- ¿Qué te
dijo quién? – Repuso Daniel.
Estábamos
sentados en una de las mesas del almuerzo, me quedaban quince minutos para
comer porque había decidido que una ducha era más importante que tomarme un
tiempo para charlar, sin embargo ellos no pensaban lo mismo.
Me
atraganté de lo que habían servido en mi plato y los miré.
- Uggh,
comes como un cavernícola – Dijo Mia.
Tragué y me
eche a reír.
- Es culpa
tuya, si no fuera por ti no tendría que darme una ducha para tomar el almuerzo
–
Mia abrió
la boca pero Daniel habló primero.
-¿Qué cosa
es un cavernícola? – Pregunto consternado.
Apenas me
di cuenta que no era algo que debería saber, y Mia tampoco, pero antes que
pudiera decir nada Mia me calló.
- Nada –
Daniel se le quedó mirando, pero al ver que no conseguiría más información
cortó allí al igual que yo, ya iban dos.
Comí en silencio lo más rápido que pude, esta
vez con algo de decencia o la poca que me quedaba y a pesar que creí que me
había salvado de responder su pregunta no fue cuestión de tiempo para que
volviera a formularla.
- ¿Qué te
dijo? –
Decidí
decirle la versión más corta.
- Que
mañana me van a hacer polvo.-
Ella hizo
un mohín.
- ¿Qué? –
respondí bruscamente.
- ¿Muy rudo
para ti? – preguntó exponiendo un perfecto puchero.
- Oh, tu
cállate – dije sonriendo, pero en realidad creía que podía hacerlo por encima
de su opinión, o tan solo me lo repetía a ver si se hacía realidad.
Parecía que
llegar tarde empezaba en volverse un hábito.
Suspiré
derrotada y me ubiqué en la fila, Mia me había dicho que esta vez no nos
ensuciaríamos las manos, espero que al menos sea interesante.
Cuando llegamos, lo que tenía ante mí no era
nada parecido a lo que estuve pensando. Los techos eran más bajos que la mayoría
de las salas en las que habíamos entrado, unas cabinas redondas, blancas que
parecen huevos, se alineaban a lo largo de la habitación dejando sólo un pequeño
espacio en blanco. Me pregunté que serían… ¿computadoras? ¿Máquinas lavadoras de
cerebros?
Fruncí el
ceño y sacudí la cabeza, que pensamiento tan ridículo, preferí fijar la vista
al frente a ver que rayos eran esas
cosas y que haríamos con ellas.
El chico se
encontraba junto a mí, podía sentir su mano a su costado y el calor que
desprendía. Me reprendía por pensar en él así, además el muchacho parecía
molesto conmigo, su ceño fruncido era mucho más pronunciado que normalmente.
¿Qué le había hecho?, ¿Tanto le había afectado la escena anterior? Si era así,
era un bebé quejumbroso. Casi tuve la necesidad de sacarle la lengua, casi lo
hago, menos mal mi sentido común estaba encendido.
¿Dónde
estaba Mia?
Mi pregunta
fue contestada al verla en la zona baldía justo en frente de los artefactos, con
una sonrisa socarrona y su mirada ávida y conocedora. Estaba ansiosa por ver que haría esto.
- Bien,
esto no es para aquellos con problemas de vértigo – se giró a mi lado y me dio
un guiño aunque estoy segura que no era para mí. – En estas cabinas experimentarán
como sería conducir una de nuestras naves, sí, incluyendo choques y en un caso
extraordinario un ataque enemigo –
Apenas
sabía lo que era el vértigo, no sabía si
me gustaba o no, pero nada perdía con probar.
-
Acérquense y tomen un lugar –
Vi como
todos se fueron acomodando en las pequeñas cabinas, tomé la que se encontraba
frente a mí, toqué el metal frío y este se abrió hacia un lado dejándome ver un
la silla con monitor y millones de botones frente a ella. Me senté e
inmediatamente el compartimiento se cerró, dejando todo bajo la oscuridad,
helada y palpable, me recordó instantáneamente mis “sueños” y me hizo retorcerme en mí lugar, el aire me
empezaba a faltar, de no ser que las luces del tablero cobraron vida me habría
dado un ataque de pánico, si bien no sabía cómo se manifestaba uno. El rostro
de Mia apareció en la pantalla, casi tan nítido que si no sabía que estaba
afuera, hubiera jurado que estaba frente a mí.
- Bien,
aquí está su trabajo, eviten estrellarse con todo, lo de hoy sólo será explorar
los controles y ver que pueden hacer,
sean creativos, técnicamente la máquina recibe
las instrucciones de su cabeza, pero es algo complicado, por ello
ustedes tendrán que usar el control manual frente a ustedes, tienen total
libertad, pero por favor eviten ensuciar el equipo - Volvió a sonreír y empezó
a vociferar los controles básicos, el encendido, como acelerar y frenar y cosas
así.
Respiré
profundo y tomé el volante, traté de adaptarlo a mis manos pero este se sentía
ajeno e incómodo. Ignorando aquella sensación lo cogí con más decisión y
comencé el programa. Ajusté los botones, tal como Mia explicó y arranqué.
Un brote de
pánico creció en mi pecho.
El volante
era rígido y duro, hacía que fuera difícil manejarlo y que la nave se tambaleara
de un lado a otro sin control y junto a
las luces rojas del tablero estaba haciendo que mi estómago diera un vuelco de
360°. Mis nudillos se tornaron blancos por apretar el timón y mi respiración
iba más rápido cuando el aparato empezó a elevarse poco a poco, no sé cómo rayos se mantenía en
pie, viendo que mis manos temblaban y gotas de sudor frío escurrían por mi
frente, estaba a punto de perder el conocimiento. Otra vez.
La nave se
movía cada vez con más violencia pero
después de un movimiento brusco, esta cayó en picada, llevándose con ella, mi
aliento y la sangre en mi cuerpo. Me sentía fría y como muerta justo antes del
inminente impacto.
Y entonces la sentí... Minutos después volví a la vida.
Y entonces la sentí... Minutos después volví a la vida.
Mis dedos soltaron el volante y se retorcieron
en mi regazo, respiraba estrepitosamente y mi corazón latía en un frenesí. Se
había sentido tan real, tan palpable y tangible, que pude sentir como la muerte
se avecinaba y me halaba con sus fríos dedos, sólo que había decidido a último
momento que aún faltaba un poco más.
Mis manos
volaron a mi garganta, se me dificultaba respirar, y parecía que mi estómago
hubiera volado hacía mi cabeza. Inhalé y exhalé un par de veces hasta que al
fin mi pulso se ralentizó y mis manos ya no temblaban… tanto.
Volví a
intentarlo un par de veces más, y todas ellas terminaron en el mismo resultado,
dando así un nuevo significado para “La muerte nos prueba a todos una sola vez”. Ya era mi
quinta vez, y juro que podía negar eso, era demasiado realista, bastante para
mi gusto.
A la sexta
decidí tomar una estrategia diferente, en vez de tomar el timón de una vez,
cerré mis ojos y decidí imaginar el avión. A cada una de sus piezas, como se
complementaban y formaban el objeto; entonces imaginé que la nave se encendía y
sus motores rugían y formaban poderosas corrientes de aire, entonces poco a
poco lo fui empujando por la pista como sus pasos eran cada vez más rápidos y
me dieron un poco más de seguridad y entonces aún con los ojos cerrados tomé el
volante con una mano y con la otra encendí la partida todavía con la imagen del
avión, pero a decir verdad cada vez se volvía un poco más complicado mantenerlo
en pie. Abrí mis ojos y me di cuenta que el artefacto estaba sobre la pista tal
como me lo estaba imaginando, creería a la misma velocidad, el avión empezó a
ascender tal como lo estaba pensando, esperé a que este se estabilizara tanto
en mi mente como en la pantalla, entonces di un giro cerrado y el avión de mi
imaginación cambió de curso y se volvió en sí, casi pierdo la cabeza al ver que
la nave de la pantalla tomaba la misma
dirección que la mía, pero en vez de gritar de miedo, grite de júbilo. Era extraño pero una sensación de emoción y adrenalina se extendía en mí.
Olvidé toda
mi cordura y llevé aquel a posiciones inimaginables solamente para sentir aquel
cúmulo vertiginoso de éxtasis; con cada subida venía una caída en picada;
con cada giro nuevas maneras de ver el cielo se extendían ante mí, era novedoso
y hacía a mi corazón delirar de dicha.
Pero tan pronto como vino aquella emoción, se fue igual que casi todo en la vida, o al menos en la mía. Justo cuando terminaba de encontrar nuevas maneras de llevar al avión hasta el límite, todas la cámaras se abrieron pausando toda la actividad, sentí una oleada de decepción. Haciendo eso me sentí tranquila, sentí que era para mí, casi me sentí en mi hogar. Casi.
Pero tan pronto como vino aquella emoción, se fue igual que casi todo en la vida, o al menos en la mía. Justo cuando terminaba de encontrar nuevas maneras de llevar al avión hasta el límite, todas la cámaras se abrieron pausando toda la actividad, sentí una oleada de decepción. Haciendo eso me sentí tranquila, sentí que era para mí, casi me sentí en mi hogar. Casi.
- Bien
novatos, salgan y párense junto a las máquinas – dijo la gruesa voz del chico.
Pasé un pie
y luego el otro; dándome un impulso, me paré inestable,sentí mi cabeza botada
como si hubiera dado miles de vueltas sobre mi eje, bueno, las di, pero no me sentía
así hace unos minutos. De pronto mis piernas eran muy débiles para aguantar
todo mi peso y se me era difícil mantener mis ojos abiertos, la cabeza me daba
vueltas y en un segundo todo se volvió negro.
Cuando abrí
mis ojos no me encontraba en el mismo escenario en el que recuerdo haberlos
cerrado. Me fijé en las luces extremadamente potentes sobre mí, parpadeé
tratando de adaptar mis ojos a la luz, pero sólo hizo que mi cabeza fuera
atacada con punzadas agudas, mi mente se encontraba en una especie de neblina
porque no alcanzaba a procesar lo que sucedía, sólo cuando escuche unas voces
cercanas me pregunté qué rayos hacía allí.
Miré a
ambos lados y me levanté de un tirón haciendo que el dolor se estrellara como
una pelota en mi cráneo. Gemí en voz
alta, llamando la atención de los dueños de las voces.
- Estás
despierta – Dijo la voz gruesa del chico acercándose.
Cerré mis
ojos y tomé mi cabeza entre mis manos.
- ¿Dónde
estoy? ¿Qué me pasó? ¿Qué haces aquí? – Pregunté recelosa entreabriendo un poco
mis ojos.
Él sonrió,
dando a conocer sus hoyuelos, pero no fue de esas sonrisas petulantes y
molestas que daba todo el tiempo, era tierna y compasiva como la de Daniel; no
quería admitir que era adorable, como un niño, pero lo era.
- Estoy de
guardia, después que te caíste y quedaste inconsciente Mia y yo nos turnamos
aquí en la enfermería – respondió con tranquilidad. Aun así no tragaba su acto. Su presencia no era del todo bienvenida.
Enarqué una
ceja y lo miré fijamente, haciendo la pregunta en silencio, y si no quedaba muy
claro, la repetí verbalmente.
- ¿Enserio?
¿Esperas que me crea eso?- refuté, mi voz causándome pulsaciones aún más
potentes.
- Sí, ¿Por
qué? – preguntó
- Porque no
creo que exista un solo hueso altruista en tu cuerpo – Él enarcó una de sus
cejas y me miró divertido.
- ¿Y tú
como sabes qué es así?, esta es la primera vez que hago esto, qué te dice que
después no lo haré de nuevo… - Repitió mis palabras usándolas en mi contra.
- Touché
– Respondí cortándolo.
Él sonrió
sincero y suspiro, su expresión cambió a una seria y ensayada mirada en un abrir de ojos. Impresionante, debería aprender como hacerlo.
- ¿Cómo lo
hiciste? – Inquirió.
- ¿Qué
cosa? - Cerré mis ojos y masajée mi cráneo.
- ¿Cómo
operaste aquella máquina? – Abrí un ojo y luego el otro, el solo pestañear era como si tuviera una estufa en el cabello.
- ¿De qué
hablas? - No quería decir nada, sus preguntas lo hacían ver como si fuera algo prohibido, o malo.
- No me
respondas con otra pregunta, es irritante – respondió molesto, suspiró de nuevo
y volvió a preguntar con un tono inflexible - ¿Cómo lo hiciste? - dijo
apretando los dientes.
Lo miré a
los ojos y vi casi una súplica en su mirada.
- Con mi mente - Sabía que algo grande me vendría encima, sólo era cuestión de tiempo.
Aseguro que
si otra persona viniera a mí con esa respuesta, me le hubiera reído en la cara,
lo hubiera mirado como un loco, pero no, él no, me miró como si fuera lo más
normal posible, como si todos los días llegara uno de sus aprendices diciendo
que tenía el cabello verde y eso fuera normal.
El sonido
de una cerradura resonó y la puerta se movió, la cara del chico se volvió
imperturbable.
Sentí su
aliento en mi oído.
- No digas
nada - Susurró, luego se movió al frente y le guiñó un ojo a la mujer de traje
blanco que había entrado.
La mujer pasó de largo y se ubicó a mi lado mirandome con desdén, luego vio que mi lider era mucho mas digno de su atención. Menos mal, pensé. Su mirada pretenciosa lograba darme una nueva clase de dolor de cabeza.
La mujer pasó de largo y se ubicó a mi lado mirandome con desdén, luego vio que mi lider era mucho mas digno de su atención. Menos mal, pensé. Su mirada pretenciosa lograba darme una nueva clase de dolor de cabeza.
- Tile, ¿hace cuanto que no te metes en problemas? -
dijo con una sonrisa fría, la mujer entró su bata blanca colgando prolijamente
de sus delgados hombros y su cabello negro peinado perfectamente fuera de su
rostro, cuya tez blanca hacia enmarcar sus ojos color ámbar, lucía unos años
mayor a él.
- Ángela,
cuanto tiempo - respondió con una sonrisa rompe corazones, juro que vi la
frialdad de la mujer flaquear - En realidad sólo lo hacía para verte at ti -
Susurró coqueto, aunque ambas le escuchamos.
Las
mejillas de la mujer enrojecieron y se centró en mí, tratando de ocultar su verguenza.
- Nombre -La voz de la mujer era chillona y aguda, hacía doler mis oidos.
- Elizabeth
- Respondí automáticamente.
- Nombre
completo - Dijo con voz calma, como si tuviera problemas comprendiéndole y
sonriendo como si supiera algo que yo no.
- West,
Elizabeth - Gruñí con los dientes apretados. Maldita mujer arrogante.
Fruncí el
ceño y ella me miró por debajo de sus lentes, se veían tan perfectamente
prolijos que sería una dicha que estos se cayeran y se estrellaran contra la
fría cerámica.
El chico se
encontraba junto a la puerta con una mano en su boca, imagino que disfrutaba la
manera humillante con la que me trataba "Ángela".
- ¿Cuáles
son los hechos? - preguntó la mujer.
Abrí mi
boca pero sentí las palabras que me había pronunciado hace un segundo "No
digas nada" Upss.
Antes que
pudiera hacer algo más él se adelantó y habló
- Tropezó y
se golpeó en la cabeza - Dijo con una sonrisa bromista - La pobre tiene problemas con el equilibrio -
La mujer
sonrió fríamente y dijo con falsa amabilidad.
- Querida,
la torpeza no es algo admirable –
Su actitud
tampoco lo era, y mucho menos su voz que generaba dolor en mi cabeza, pero no se lo dije, no necesitaba que
alguien más se lo recordara.
Mi
expresión no dejó revelar la urgencia que tenía de quitarle esa sonrisa falsa.
Quise
decirle algo, algo que borrara esa estúpida expresión de su lindo rostro, pero
como siempre no lo hice.
El chico
parecía que se hubiera ahogado con algo porque no paraba de toser en el fondo
de la habitación, pero aun así logró estabilizarse y decir algo con voz ronca.
- Me encargaré de infórmate cualquier anomalía –
Respondió con un guiño coqueto y una sonrisa.
Lindo,
ahora era una especie de anomalía.
La mujer
sonrío embobada y salió de la habitación con una expresión soñadora.
La actitud
risueña del chico cambió abruptamente y con voz grave y severa se dirigió a mí.
- No se lo
digas a nadie ¿Entendiste? –
Asentí.
- Pregunté
¿Entendiste? –
- Si –
Respondí con un graznido.
- Ya te
puedes ir –
Miré mis manos, las cuales creía tener
prisioneras, pero estaban bien, tan pálidas como siempre. Una sensación de
desconsuelo me penetró, aunque ni yo misma entendía porque. Salté de la cama y
seguí a un hombre que parecía buscar la salida.
Al llegar a una pequeña sala me encontré con Mia, quien se apoyaba en el
escritorio de la mujer de la recepción.
Murmuré una serie de insultos hacia el universo y me dirigí hacia ella.
Murmuré una serie de insultos hacia el universo y me dirigí hacia ella.
- ¿Ya estás
mejor? – Pregunto con una sonrisa fácil.
- Sí, creo
que sí – Mentí, no había necesidad de describirle mi increible dolor de cabeza. En vez de eso le di una sonrisa triste. Aún
me hallaba confundida con los recurrentes cambios de ánimo del chico, sin embargo, las palpitaciones en mi cráneo habían reducido un poco al salir de aquella sala.
Ella ignoró
mi malestar y comenzó a caminar. La seguí caminando rápido hasta que me acople
a su paso.
- Pues, sé
que no querrías presumir, pero en realidad te fue mejor que a todos en el
primer simulacro – Dijo sonriendo - ¿Cómo lo hiciste?
- Siendo
sincera en realidad no tengo ni la menor idea – Era una verdad a medias, pero
como decía mi padre las verdades a medias siempre terminan siendo mentiras.
Tragué con amargura y seguí caminando. Sonreí como si me pareciera gracioso.
Ella me miró y me dio una sonrisa conocedora,
como si supiera algo que yo no. Bueno eso totalmente cierto.
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