CAPÍTULO 5


Mis nudillos escocían al tocar el árido material, había golpeado el saco con toda la fuerza que tenía y aun así este no se movía ni un miserable centímetro. Desventaja de tener manos de niña, no obstante Katherine;la otra chica, no parecía tener problemas con ello. Si su saco hubiera sido un hombre, el pobre sujeto ya andaría moribundo y sangrante.
- Correr no resolverá todos tus problemas niña – me dijo el chico esta mañana.
Pero recordármelo no haría la diferencia, pensé amargamente. Seguí mirando su saco, como se retorcía ante su toque brusco y enérgico, pero lo se veía lo inexperta que era por sus golpes frenéticos y desvariados. De repente paró de maltratar a la bolsa y se giró hacia mí, me dedico una sonrisa que muchos estarían de acuerdo que no era amigable; era un reto, una promesa, una amenaza. Se volvió de nuevo hacía su saco y comenzó a pegarle con más fuerza, yo imaginé como con el último de sus golpes, éste de desintegraba y caía como peso muerto al suelo, aunque sabía que en su cabeza era yo a quien mandaba a ver estrellas. Tragué en seco
- Deja de verla y vuelve a empezar – dijo Mia a mi lado.
Asentí ausente y  lancé el primer golpe con un poco de ira, el saco se movió un poco, sonreí para mis adentros, dos podían jugar este juego. Al lanzar el segundo golpe un ruido sordo interrumpió mi propósito, me giré hacia mis compañeros para observar al saco de Katherine desparramado en el suelo, pero lo que me sorprendió fue la expresión anonadada en su rostro, como si ella misma no creyera que fue quien lo tumbó. Negué con la cabeza y me giré de nuevo, no necesitaba verla regocijarse con mi desconcierto y menos ahora que me había unido a su juego. Una ola de murmullos se alzó en ese instante. No podía negar la nube de celos se alzaba sobre mi cabeza, recordándome que tal vez este juego iba ser imposible de ganar.
- Alto – Dijo su voz, apagando los susurros de la habitación – Nos vemos aquí mismo después del almuerzo.
Miré mis nudillos, estaban rojos y en carne viva, me tragué una oleada de náuseas, respiré profundo y tomé las mangas de mi camiseta y las halé hasta los codos; aún me sentía cohibida, incluso con el significado que sus ropas emitían. Me dirigí hacía la salida, esperando poder llegar a quitarme todo esto de encima, o al menos eso quería.
- Greenie  – Llamó el chico, me volví hacia él y este hizo un gesto que me acercara, me quede plantada en mi lugar, no quería verlo diciéndome que no tenía futuro aquí  – Acércate –
Me moví hacia él con pasos inseguros y mirando a mis zapatos, estaba segura que si miraba a sus ojos saldría corriendo como una gran cobarde pero gracias al universo Mia llegó a rescatarme.
- ¿Qué pasa? – Preguntó junto a mí.
- Necesito hablar con ella un segundo – Respondió con voz plana.
- Lo que tengas que hablar con ella, estoy segura que puedes decirlo conmigo presente ¿No crees?–
Una sonrisa maliciosa se expandió por su rostro.
- No te preocupes, está fuera de las reglas jugar con un oponente poco digno  – Estuve a punto de darle un golpe en el rostro, pero al ver los resultados recientes no surtiría efecto, en vez de ello pensé en toda la clase de insultos que le diría, claro si no fuera tan cobarde. 
Creí verlo reprimir una sonrisa, imagino que por la mirada ofendida en mi rostro, o tan sólo lo habría imaginado, como sea.
Mia me echo una última mirada preocupada mientras que a él le lanzaba dagas con sus ojos.
- Cinco minutos – le dijo a él – Te veo afuera – añadió señalándome.
Me paré más derecha y traté de encararlo, a pesar que claro, me llevaba unos buenos diez centímetros y eso si me sentía de buen humor.
Su “casi sonrisa” se convirtió en una mueca, se veía incomodo conmigo, imagino que con la multitud aplacaba el golpe de mi presencia. Era mucho decir que miraba a cualquier lado, menos a mí. ¿Halagador? Si eso era bastante satisfactorio.
Incluso me sorprendió oír mi voz en ese momento, el silencio era palpable y romperlo fue como pasar una cuchilla por un trozo de poliestireno.
- ¿Qué pasa? – Mi voz era plana e imperturbable, aunque no era así.
- Mañana, cinco a.m., aquí mismo – dijo volviéndose hacia mí por unos cortos segundos.
Lo miré confundida.
-¿Qué? ¿De qué estás hablando? –
- Necesitas ayuda, cuando lleguen las peleas, te van a acabar – dijo ausente.
- ¿Y tú como sabes qué es así?, esta es la primera vez que hago esto, qué te dice que después no lo lograré…
- Los demás al menos movieron el saco – respondió cortante y empezó a caminar hacia la puerta – mañana va a ser la  primeras peleas de simulacro, y si te dejan tendida no será mi responsabilidad despegarte del suelo –  y con esas palabras tan inspiradoras y solidarias me dejó sola en el patio.




- ¿Qué te dijo? – Preguntó Mia.
- ¿Qué te dijo quién? – Repuso Daniel.
Estábamos sentados en una de las mesas del almuerzo, me quedaban quince minutos para comer porque había decidido que una ducha era más importante que tomarme un tiempo para charlar, sin embargo ellos no pensaban lo mismo.
Me atraganté de lo que habían servido en mi plato y los miré.
- Uggh, comes como un cavernícola – Dijo Mia.
Tragué y me eche a reír.
- Es culpa tuya, si no fuera por ti no tendría que darme una ducha para tomar el almuerzo –
Mia abrió la boca pero Daniel habló primero.
-¿Qué cosa es un cavernícola? – Pregunto consternado.
Apenas me di cuenta que no era algo que debería saber, y Mia tampoco, pero antes que pudiera decir nada Mia me calló.
- Nada – Daniel se le quedó mirando, pero al ver que no conseguiría más información cortó allí al igual que yo, ya iban dos.
 Comí en silencio lo más rápido que pude, esta vez con algo de decencia o la poca que me quedaba y a pesar que creí que me había salvado de responder su pregunta no fue cuestión de tiempo para que volviera a formularla.
- ¿Qué te dijo? –
Decidí decirle la versión más corta.
- Que mañana me van a hacer polvo.-
Ella hizo un mohín.
- ¿Qué? – respondí bruscamente.
- ¿Muy rudo para ti? – preguntó exponiendo un perfecto puchero.
- Oh, tu cállate – dije sonriendo, pero en realidad creía que podía hacerlo por encima de su opinión, o tan solo me lo repetía a ver si se hacía realidad.




Parecía que llegar tarde empezaba en volverse un hábito.
Suspiré derrotada y me ubiqué en la fila, Mia me había dicho que esta vez no nos ensuciaríamos las manos, espero que al menos sea interesante.
 Cuando llegamos, lo que tenía ante mí no era nada parecido a lo que estuve pensando. Los techos eran más bajos que la mayoría de las salas en las que habíamos entrado, unas cabinas redondas, blancas que parecen huevos, se alineaban a lo largo de la habitación dejando sólo un pequeño espacio en blanco. Me pregunté que serían… ¿computadoras? ¿Máquinas lavadoras de cerebros?
Fruncí el ceño y sacudí la cabeza, que pensamiento tan ridículo, preferí fijar la vista al frente a  ver que rayos eran esas cosas y que haríamos con ellas.
El chico se encontraba junto a mí, podía sentir su mano a su costado y el calor que desprendía. Me reprendía por pensar en él así, además el muchacho parecía molesto conmigo, su ceño fruncido era mucho más pronunciado que normalmente. ¿Qué le había hecho?, ¿Tanto le había afectado la escena anterior? Si era así, era un bebé quejumbroso. Casi tuve la necesidad de sacarle la lengua, casi lo hago, menos mal mi sentido común estaba encendido.
¿Dónde estaba Mia?
Mi pregunta fue contestada al verla en la zona baldía justo en frente de los artefactos, con una sonrisa socarrona y su mirada ávida y conocedora. Estaba  ansiosa por ver que haría esto.
- Bien, esto no es para aquellos con problemas de vértigo – se giró a mi lado y me dio un guiño aunque estoy segura que no era para mí. – En estas cabinas experimentarán como sería conducir una de nuestras naves, sí, incluyendo choques y en un caso extraordinario un ataque enemigo –
Apenas sabía lo que era el vértigo, no sabía si  me gustaba o no, pero nada perdía con probar.
- Acérquense y tomen un lugar –
Vi como todos se fueron acomodando en las pequeñas cabinas, tomé la que se encontraba frente a mí, toqué el metal frío y este se abrió hacia un lado dejándome ver un la silla con monitor y millones de botones frente a ella. Me senté e inmediatamente el compartimiento se cerró, dejando todo bajo la oscuridad, helada y palpable, me recordó instantáneamente mis “sueños”  y me hizo retorcerme en mí lugar, el aire me empezaba a faltar, de no ser que las luces del tablero cobraron vida me habría dado un ataque de pánico, si bien no sabía cómo se manifestaba uno. El rostro de Mia apareció en la pantalla, casi tan nítido que si no sabía que estaba afuera, hubiera jurado que estaba frente a mí.
- Bien, aquí está su trabajo, eviten estrellarse con todo, lo de hoy sólo será explorar los controles y ver que pueden  hacer, sean creativos, técnicamente la máquina recibe  las instrucciones de su cabeza, pero es algo complicado, por ello ustedes tendrán que usar el control manual frente a ustedes, tienen total libertad, pero por favor eviten ensuciar el equipo - Volvió a sonreír y empezó a vociferar los controles básicos, el encendido, como acelerar y frenar y cosas así.

Respiré profundo y tomé el volante, traté de adaptarlo a mis manos pero este se sentía ajeno e incómodo. Ignorando aquella sensación lo cogí con más decisión y comencé el programa. Ajusté los botones, tal como Mia explicó y arranqué.
Un brote de pánico creció en mi pecho.
El volante era rígido y duro, hacía que fuera difícil manejarlo y que la nave se tambaleara de un lado a otro sin control y  junto a las luces rojas del tablero estaba haciendo que mi estómago diera un vuelco de 360°. Mis nudillos se tornaron blancos por apretar el timón y mi respiración iba más rápido cuando el aparato empezó a elevarse  poco a poco, no sé cómo rayos se mantenía en pie, viendo que mis manos temblaban y gotas de sudor frío escurrían por mi frente, estaba a punto de perder el conocimiento. Otra vez.
La nave se movía  cada vez con más violencia pero después de un movimiento brusco, esta cayó en picada, llevándose con ella, mi aliento y la sangre en mi cuerpo. Me sentía fría y como muerta justo antes del inminente impacto. 
Y entonces la sentí... Minutos después volví a la vida.
 Mis dedos soltaron el volante y se retorcieron en mi regazo, respiraba estrepitosamente y mi corazón latía en un frenesí. Se había sentido tan real, tan palpable y tangible, que pude sentir como la muerte se avecinaba y me halaba con sus fríos dedos, sólo que había decidido a último momento que aún faltaba un poco más.
Mis manos volaron a mi garganta, se me dificultaba respirar, y parecía que mi estómago hubiera volado hacía mi cabeza. Inhalé y exhalé un par de veces hasta que al fin mi pulso se ralentizó y mis manos ya no temblaban… tanto.
Volví a intentarlo un par de veces más, y todas ellas terminaron en el mismo resultado, dando así un nuevo significado para “La muerte nos prueba a todos una sola vez”. Ya era mi quinta vez, y juro que podía negar eso, era demasiado realista, bastante para mi gusto.
A la sexta decidí tomar una estrategia diferente, en vez de tomar el timón de una vez, cerré mis ojos y decidí imaginar el avión. A cada una de sus piezas, como se complementaban y formaban el objeto; entonces imaginé que la nave se encendía y sus motores rugían y formaban poderosas corrientes de aire, entonces poco a poco lo fui empujando por la pista como sus pasos eran cada vez más rápidos y me dieron un poco más de seguridad y entonces aún con los ojos cerrados tomé el volante con una mano y con la otra encendí la partida todavía con la imagen del avión, pero a decir verdad cada vez se volvía un poco más complicado mantenerlo en pie. Abrí mis ojos y me di cuenta que el artefacto estaba sobre la pista tal como me lo estaba imaginando, creería a la misma velocidad, el avión empezó a ascender tal como lo estaba pensando, esperé a que este se estabilizara tanto en mi mente como en la pantalla, entonces di un giro cerrado y el avión de mi imaginación cambió de curso y se volvió en sí, casi pierdo la cabeza al ver que la nave de la pantalla tomaba la misma  dirección que la mía, pero en vez de gritar de miedo, grite de júbilo. Era extraño pero una sensación de emoción y adrenalina se extendía en mí.
Olvidé toda mi cordura y llevé aquel a posiciones inimaginables solamente para sentir aquel cúmulo vertiginoso de éxtasis; con cada subida venía una caída en picada; con cada giro nuevas maneras de ver el cielo se extendían ante mí, era novedoso y hacía a mi corazón delirar de dicha. 
Pero tan pronto como vino aquella emoción, se fue igual que casi todo en la vida, o al menos en la mía. Justo cuando terminaba de encontrar nuevas maneras de llevar al avión hasta el límite, todas la cámaras se abrieron pausando toda la actividad,  sentí una oleada de decepción. Haciendo eso me sentí tranquila, sentí que era para mí, casi me sentí en mi hogar. Casi.

- Bien novatos, salgan y párense junto a las máquinas – dijo la gruesa voz del chico.
Pasé un pie y luego el otro; dándome un impulso, me paré inestable,sentí mi cabeza botada como si hubiera dado miles de vueltas sobre mi eje, bueno, las di, pero no me sentía así hace unos minutos. De pronto mis piernas eran muy débiles para aguantar todo mi peso y se me era difícil mantener mis ojos abiertos, la cabeza me daba vueltas y en un segundo todo se volvió negro.





Cuando abrí mis ojos no me encontraba en el mismo escenario en el que recuerdo haberlos cerrado. Me fijé en las luces extremadamente potentes sobre mí, parpadeé tratando de adaptar mis ojos a la luz, pero sólo hizo que mi cabeza fuera atacada con punzadas agudas, mi mente se encontraba en una especie de neblina porque no alcanzaba a procesar lo que sucedía, sólo cuando escuche unas voces cercanas me pregunté qué rayos hacía allí.
Miré a ambos lados y me levanté de un tirón haciendo que el dolor se estrellara como una pelota en mi  cráneo. Gemí en voz alta, llamando la atención de los dueños de las voces.
- Estás despierta – Dijo la voz gruesa del chico acercándose.
Cerré mis ojos y tomé mi cabeza entre mis manos.
- ¿Dónde estoy? ¿Qué me pasó? ¿Qué haces aquí? – Pregunté recelosa entreabriendo un poco mis ojos.
Él sonrió, dando a conocer sus hoyuelos, pero no fue de esas sonrisas petulantes y molestas que daba todo el tiempo, era tierna y compasiva como la de Daniel; no quería admitir que era adorable, como un niño, pero lo era.
- Estoy de guardia, después que te caíste y quedaste inconsciente Mia y yo nos turnamos aquí en la enfermería – respondió con tranquilidad. Aun así no tragaba su acto. Su presencia no era del todo bienvenida.
Enarqué una ceja y lo miré fijamente, haciendo la pregunta en silencio, y si no quedaba muy claro, la repetí verbalmente.
- ¿Enserio? ¿Esperas que me crea eso?- refuté, mi voz causándome pulsaciones aún más potentes.
- Sí, ¿Por qué? – preguntó
- Porque no creo que exista un solo hueso altruista en tu cuerpo – Él enarcó una de sus cejas y me miró divertido.
- ¿Y tú como sabes qué es así?, esta es la primera vez que hago esto, qué te dice que después no lo haré de nuevo… - Repitió mis palabras usándolas en mi contra.
 - Touché – Respondí cortándolo.
Él sonrió sincero y suspiro, su expresión cambió a una seria y ensayada mirada en un abrir de ojos. Impresionante, debería aprender como hacerlo.
- ¿Cómo lo hiciste? – Inquirió.
- ¿Qué cosa? - Cerré mis ojos y masajée mi cráneo. 
- ¿Cómo operaste aquella máquina? – Abrí un ojo y luego el otro, el solo pestañear era como si tuviera una estufa en el cabello.
- ¿De qué hablas? - No quería decir nada, sus preguntas lo hacían ver como si fuera algo prohibido, o malo.
- No me respondas con otra pregunta, es irritante – respondió molesto, suspiró de nuevo y volvió a preguntar con un tono inflexible - ¿Cómo lo hiciste? - dijo apretando los dientes.
Lo miré a los ojos y vi casi una súplica en su mirada.
-  Con mi mente - Sabía que algo grande me vendría encima, sólo era cuestión de tiempo.
Aseguro que si otra persona viniera a mí con esa respuesta, me le hubiera reído en la cara, lo hubiera mirado como un loco, pero no, él no, me miró como si fuera lo más normal posible, como si todos los días llegara uno de sus aprendices diciendo que tenía el cabello verde y eso fuera normal.
El sonido de una cerradura resonó y la puerta se movió, la cara del chico se volvió imperturbable.
Sentí su aliento en mi oído.
- No digas nada - Susurró, luego se movió al frente y le guiñó un ojo a la mujer de traje blanco que había entrado.
La mujer pasó de largo y se ubicó a mi lado mirandome con desdén, luego vio que mi lider era mucho mas digno de su atención. Menos mal, pensé. Su mirada pretenciosa lograba darme una nueva clase de dolor de cabeza.
-  Tile, ¿hace cuanto que no te metes en problemas? - dijo con una sonrisa fría, la mujer entró su bata blanca colgando prolijamente de sus delgados hombros y su cabello negro peinado perfectamente fuera de su rostro, cuya tez blanca hacia enmarcar sus ojos color ámbar, lucía unos años mayor a él.
- Ángela, cuanto tiempo - respondió con una sonrisa rompe corazones, juro que vi la frialdad de la mujer flaquear - En realidad sólo lo hacía para verte at ti - Susurró  coqueto, aunque ambas le escuchamos.
Las mejillas de la mujer enrojecieron y se centró en mí, tratando de ocultar su verguenza.
- Nombre -La voz de la mujer era chillona y aguda, hacía doler mis oidos.
- Elizabeth - Respondí automáticamente.
- Nombre completo - Dijo con voz calma, como si tuviera problemas comprendiéndole y sonriendo como si supiera algo que yo no.
- West, Elizabeth - Gruñí con los dientes apretados. Maldita mujer arrogante.
Fruncí el ceño y ella me miró por debajo de sus lentes, se veían tan perfectamente prolijos que sería una dicha que estos se cayeran y se estrellaran contra la fría cerámica.
El chico se encontraba junto a la puerta con una mano en su boca, imagino que disfrutaba la manera humillante con la que me trataba "Ángela".
- ¿Cuáles son los hechos? - preguntó la mujer.
Abrí mi boca pero sentí las palabras que me había pronunciado hace un segundo "No digas nada" Upss.
Antes que pudiera hacer algo más él se adelantó y habló
- Tropezó y se golpeó en la cabeza - Dijo con una sonrisa bromista - La pobre tiene problemas con el equilibrio -
La mujer sonrió fríamente y dijo con falsa amabilidad.
- Querida, la torpeza no es algo admirable –
Su actitud tampoco lo era, y mucho menos su voz que generaba dolor en mi cabeza, pero no se lo dije, no necesitaba que alguien más se lo recordara.
Mi expresión no dejó revelar la urgencia que tenía de quitarle esa sonrisa falsa.
Quise decirle algo, algo que borrara esa estúpida expresión de su lindo rostro, pero como siempre no lo hice.
El chico parecía que se hubiera ahogado con algo porque no paraba de toser en el fondo de la habitación, pero aun así logró estabilizarse y decir algo con voz ronca.
-  Me encargaré de infórmate cualquier anomalía – Respondió con un guiño coqueto y una sonrisa.
Lindo, ahora era una especie de anomalía.
La mujer sonrío embobada y salió de la habitación con una expresión soñadora.
La actitud risueña del chico cambió abruptamente y con voz grave y severa se dirigió a mí.
- No se lo digas a nadie ¿Entendiste? –
Asentí.
- Pregunté ¿Entendiste? –
- Si – Respondí con un graznido.
- Ya te puedes ir –
 Miré mis manos, las cuales creía tener prisioneras, pero estaban bien, tan pálidas como siempre. Una sensación de desconsuelo me penetró, aunque ni yo misma entendía porque. Salté de la cama y seguí a un hombre que parecía buscar la salida.  Al llegar a una pequeña sala me encontré con Mia, quien se apoyaba en el escritorio de la mujer de la recepción.
Murmuré una serie de insultos hacia el universo y me dirigí hacia ella. 
- ¿Ya estás mejor? – Pregunto con una sonrisa fácil.
- Sí, creo que sí –  Mentí, no había necesidad de describirle mi increible dolor de cabeza. En vez de eso le di una sonrisa triste. Aún me hallaba confundida con los recurrentes cambios de ánimo del chico, sin embargo, las palpitaciones en mi cráneo habían reducido un poco al salir de aquella sala.
Ella ignoró mi malestar y comenzó a caminar. La seguí caminando rápido hasta que me acople a su paso.
- Pues, sé que no querrías presumir, pero en realidad te fue mejor que a todos en el primer simulacro – Dijo sonriendo - ¿Cómo lo hiciste?
- Siendo sincera en realidad no tengo ni la menor idea – Era una verdad a medias, pero como decía mi padre las verdades a medias siempre terminan siendo mentiras. Tragué con amargura y seguí caminando. Sonreí como si me pareciera gracioso.
 Ella me miró y me dio una sonrisa conocedora, como si supiera algo que yo no. Bueno eso totalmente cierto.
                                                 


No hay comentarios:

Publicar un comentario