Capítulo 1: La HIpótesis



Suelo recordar frecuentemente un documental que había visto con mi padre hace muchos años.  Trataba sobre las acciones involuntarias que realiza el cuerpo humano; ya sabes, esas como  respirar o parpadear. Sin embargo he notado que existe un hecho curioso que siempre ocurre  cada vez que eres consciente de ello; al parecer nuestro organismo olvida hacerlo por sí solo, dejándote a la deriva, como si dijera “Estás por tu cuenta amigo”, y entonces te toca tomar el control manual. Donde empiezas a actuar como… como si estuvieras ahogándote en una piscina, si tuvieras un tic nervioso o un espíritu maligno. Cosa que no creo que poseamos; y si lo tienes, por favor no te lo tomes personal, no tengo ningún problema con las personas con tics, ni mucho menos con espíritus malignos, son geniales una vez los conoces.
Volviendo al tema; estoy segura que muchos ya sabían ese hecho, y tal vez me consideran una estúpida/quejosa/hijadelmontón por señalar lo obvio, pero lo que he venido a exponer, es algo aún más genial de lo que acabo de explicar. En verdad lo que quiero es presumir que he creado una nueva hipótesis; sí, soy así de genial e inteligente para crear una hipótesis (así que borra esa expresión de aburrimiento y presta atención).
 Me he planteado que, si respirar es una de las labores instintivas, supongo que pensar también lo es; quiero decir, siempre lo hacemos: pensamos en la ducha, en el baño, mientras comemos, mientras tratamos de dormir, leyendo un libro, haciendo los deberes, durante clases (mientras dormitas quiero aclarar, no cuando estás como zombie mirando a tu profesor de Economía divagar sobre el capitalismo); es decir, no es como si paremos de hacerlo en algún momento ( y si lo haces, no sé cómo has llegado hasta este punto).
De cualquier modo siempre pensamos, así sea  inconsciente, no importa. Pero ten por seguro que te entregan una prueba (en este caso de biología), en resumidas cuentas, tu cerebro te dice “Buena suerte la próxima” y apaga el modo automático. Y es entonces cuando tú, mi amigo, estás en problemas.
En estos casos me pongo a pensar  que tal vez no sirva para ser un ciudadano promedio ya sabes, esos que tienen una carrera, se casan con un contador, tienen dos hijos y una casa en los suburbios, a la que terminan hipotecando. Olvida la carrera a la que invirtió tantos años de su vida, y en vez de ello, se dedica a cuidar a los mellizos y tener comida caliente para su esposo; que en realidad, después de 7 años de matrimonio está tirándose a su secretaria, veinte años menor, en el escritorio, donde tiene la foto de su familia.
Ehem… Bueeeno… en dichos casos me planteo escapar, y sí lo sé no es muy original, pero es la única solución que a veces puedo encontrar. Y te aseguro no ha sido sólo una idea, creo que lo he planeado a fondo, sin embargo hay cosas que hay que pulir. Parte del plan es siempre dejar un dólar con cincuenta centavos, que según mi mapa del autobús, alcanza para un viaje el sector 6 que es el barrio marginal. Estando allí, me acercaría al circo local, que allá se asienta, esperando a que me acojan.
Sin embargo, hasta ahí llega mi propósito. Porque en verdad no poseo ningún talento especial,  soy la persona más carente de equilibrio que todo Illinois ha conocido, creo que hasta la entrenadora Miller a veces se apiada de mí y me deja pasar. Sabiendo esto podría tachar (con doble x) el trabajo para la mujer elástica, seguido de malabarista, cualquier cosa que tuviese que ver con alturas o animales salvajes;  de ser así me quedaría la mujer barbuda, y eso es imposible, ya que mi barbilla carece de vello facial y las pelucas me dan alergia. Lo sé porque una vez me puse un juego de barba y bigote falso para un disfraz de rabino en el Halloween de hace dos años, al quitármela  mi piel, extremadamente pálida, se llenó de manchas rojas (extremadamente rojas) y  empezó a picar como un demonio.
Basta decir que las rochas se quedaron una semana, y todas las personas en la escuela que miraba se me quedaban viendo como si tal vez fuese  una enfermedad contagiosa.
Fruncí el ceño.
Hasta para ser fenómeno apestaba.
Pero…espera también existía otra alternativa. Podía presentarme como “La mujer enana más grande del mundo”, o  incluso “la gigante más pequeña del mundo”. Reí entre dientes. Ambas serían útiles y en realidad no sería mentira (porque no me gusta mentir), ya que mi altura es… promedio, ni muy baja, ni muy alta. Simplemente promedio, eso sin contar que no tengo familia con esas… cualidades.  
El maestro me echó una mirada de advertencia y volvió a al crucigrama que garabateaba sin descanso. Fruncía sus sobrepobladas cejas y tocaba su enorme nariz sin cesar.
Miré de nuevo mi examen, había respondido siete y me faltaban tres. No entiendo por qué me  molestaba tanto, estaba segura que el señor Morrison no iba a gastar su valioso tiempo en redactar un examen. Podría apostar mis Beats edición limitada que sacaba cada pregunta de un sitio web para profesores perezosos y fracasados. Nunca había visto una clase productiva con ese hombre, y no creo que en un futuro cercano vaya a suceder.
La pregunta seis decía:
La dieta nutricional de un mamífero, se compone basicamente de carbohidratos, lípidos, protehínas, vitaminas y minerales. Si por un problema de salud, la vesicula biliar es extraída, se debe restringir el consumo de
a)      Carne de pescado.
b)      Arros blanco.
c)       mantequilla.
d)      Frutas.

Cómo rayos iba a saber eso, si no hizo nada más que  alardear de su alucinante híbrido y quejarse de por qué los demás no tenían uno.  Juro que hasta había errores ortográficos en el enunciado; estuve tentada a reclamarle, alegando que éstos impedían la comprensión de la pregunta. Sopese esa opción por unos segundos.

Negué con  la cabeza casi imperceptiblemente.

No lo aceptaría, era demasiado orgulloso; además le estaría dando el crédito por algo que no hizo él mismo (algo que incluso hecho por otras personas estaba mal redactado). Ni siquiera se tomó la molestia de corregir. Vaya bueno para nada.

Me volveré una pordiosera por este holgazán. ¿Tiene algo en realidad sentido en esta vida?

Yo debería estar en esa silla mirando por encima de mi hombro a ese sujeto, que en un orden natural de las cosas, estaría sudando como cerdo (porque mis miradas son muy intensas), y no entendería nada porque todo estaría bien escrito. Lo sé soy muy mala.

Aprecié las casillas que había marcado:

Tres Des, dos Bes, una A y una C.

Alterné las tres preguntas entre Ces y Aes en un orden totalmente aleatorio.

Suspiré pesadamente. Estaba frustrada

Miré al techo, que había sido atacado por una pila de papel higiénico. Murmuré una súplica y pedí al cielo que al menos una de ellas fuera correcta.

 Me paré y dejé el examen junto al periódico del maestro. Reí internamente mientras le echaba un vistazo al  crucigrama; el señor Morrison no había hecho más que dos líneas, todo el tiempo estuvo escribiendo en las márgenes su nombre con distintas fuentes.

Él me miró intensamente retándome a delatarlo ante toda la clase. Le di una sonrisa dulce y le dije.

- La quinta horizontal es Charles Dickens

El hombre me miró medio impresionado, medio molesto, antes que girara y recogiera mis cosas para poder salir del aula. Por el rabillo del ojo pude ver mientras rayaba furiosamente en la fila cinco.

Me despedí y con una sonrisa, me fui a la cafetería, en busca de un suplente de desayuno, porque no tuve tiempo de tomarlo esta mañana. Eso totalmente alegró mi mañana.

En el camino, llegué a un pasillo conocido, y viendo mi casillero a unos cuantos pasos, no dudé en acercarme y descargar mis libros y tomar los de la siguiente asignatura. Mientras giraba el candado poniendo su combinación, alguien tocó mi espalda un par de veces con delicadeza. Me giré y me encontré con el sonriente rostro de Ashton Murphy, quien era el capitán del equipo de fútbol; que puedes traducir como el chico más popular de la escuela, incluso cuando se decía que “eso” no existía, todos sabían quién era él. Los chicos querían ser como él, y las chicas rogaban ser sorprendidas con su deslumbrante sonrisa. Sin embargo, yo era inmune a la popularidad, encantos… y chicos rubios.

- ¡Willa! No te había visto en toda la semana, creí que te había perdido por ahí – Se acercó y me dio medio abrazo. Me removí incómoda.

No es que Ashton no fuera atractivo, todo lo contrario. Tenía un genial bronceado natural que hacía juego con sus músculos, cabello rubio arena y ojos color avellana. Quiero decir, era muy guapo, pero no era mi tipo y me refiero a esos chicos que siempre llevan la chaqueta del equipo ¿Qué con eso?
Shane me había mencionado que había tratado varias veces invitarme a salir, pero yo había desviado la conversación o huido, antes de que eso sucediera. Muchas veces me he quejado de hablar demasiado, pero en esos momentos agradezco mi gran bocota.

Le di una sonrisa igual de incómoda y le respondí.

- Estuve en la biblioteca estudiando, la última vez que estudie en el comedor, ustedes, chicos usaron mis libros de platos, y nunca pude saber si era un cero o un seis – dije tratando de parecer graciosa, pero no era así. Hasta yo lo sabía.

Él rio recordando el “buen” momento, antes de tocar suavemente mi hombro, rozando los mechones de cabello cobrizo que allí se encontraban. Tal parece, que él no lo notaba.

- Bueno chica, nos vemos luego – Me dio de esas sonrisas que seguro hacían derretir a todas las de primer grado… pero desgraciadamente… para él, no sucumbía a sus intentos de ligar.- No te pierdas, te quiero cerca – guiñó un ojo sugestivamente. 

Me tragué la bilis que subía por mi garganta, mientras trataba de articular palabra.

Sé que muchas personas buscarían  excusas o negarían todo. Que, dirían que son impresiones suyas y que sólo está siendo amistoso. Pero yo no era capaz, era como alargar la sentencia. No era por ser él. No era porque yo fuera una perra prejuiciosa. Simplemente no era capaz de mentir, no era capaz de darle evasivas.

Respiré profundo y lo miré. Mis mejillas se tiñeron de rojo al ver que sus ojos estaban fijos en mí.

Decidí acabarlo de una sola vez.

- Sabes Ashton… aprecio tu atención, enserio lo hago, pero no puede seguir así. Sé que sonare como una perra presumida, pero en realidad… no me gustas, y aunque fuera así, no creo que quiera tener una relación en este momento – Ni nunca.-  Espero que sigamos siendo amigos y lo entiendas y… que encuentres a alguien mejor y…. mejor me voy.

Después de terminar mi breve discurso, corrí al baño más cercano y me oculté ahí, esperando un tiempo prudente a que él saliera del pasillo.


Una carga se alojaba en mi garganta, pero pudo haber ocupado más espacio allí si lo hubiese dejado ser.  Lo superará, al final del día, encontrará a una porrista que quiera ser el sabor de la semana.
Miré con precaución el corredor y cuando no vi moros en la costa salí de mi escondite. Sin embargo, antes de poder advertirlo, sentí una carga excesivamente pesada arrastrándome al suelo; era como si una furiosa tortuga ninja se hubiese colgado de mi espalda y estuviera dando saltos mortales.

- ¡WILLLL! – Gritó emocionada Shannon a espalda mientras se sacudía salvajemente.

Miré con terror al piso.

- ¡Bájate ya, que voy a caer, Shane! – Le gruñí con furia. - ¡Y si yo lo hago, caerás conmigo!  - Lloré, sentí como si esas hubiesen sido mis últimas palabras.

 Shannon se revolvió un poco más en mi espalda, riendo psicóticamente, después bajó de ella y me dio la cara.

- William – Dijo con expresión seria.

La miré de la misma manera.

- Shane

Nos miramos por lo que pudo haber sido un minuto entero, antes de comenzar a reír.

Reímos de la vieja broma de los nombres, lo habíamos hecho desde la vez  que le había pedido a un chico que le había parecido atractivo en el centro comercial, que saliera con su amiga “Will”. El chico  la miró pasmado, y le respondió que no jugaba para el otro equipo con una sonrisita incómoda; pero que si ella, o su amiga de al lado (yo/Will)  estaba interesada, no dudara en llamar. No pudimos aguantar la risa, antes que el pobre chico se fuera. En nuestra defensa el chico huyó antes de poder explicar nada.

Ese día yo había quedado como William, y como yo no podía quedarme atrás y dejar a Shannon salirse con la suya, así que le empecé a llamar Shane.

Ella sonreía como el gato Cheshire, mientras me codeaba amistosamente.

- Vi quien te estaba hablando – dijo sugerentemente, enrollando uno de sus tirabuzones rubios en uno de sus dedos perfectamente arreglados.

Le sonreí, pedante.

- ¿Ah sí? – Ella asintió frenéticamente. - ¡Yo también! – Su expresión cambió de emocionada a una de “enserio” en cuestión de segundos.– Y le dije que no estaba interesada, así que tú también bájate del poni chico.

- Deberías dejar de ser una zorra estirada por al menos un día. – Suspiró fuertemente mientras arreglaba sus risos – El chico no se merecía eso.

Solté una risa falsa.

- Cierto, Ashton merecía que lo cortara cuando estuviera de rodillas con una cajita de Tiffany y una sonrisa esperanzadora; porque no fui una… ¿cómo lo dijiste?- Chasqueé los dedos.- Una zorra estirada desde el principio y no lo corté cuando aún había tiempo.

Me miró pasmada.

- Alguien está con SPM – Cantó en voz baja.

La miré fijamente.

- Sabes que es verdad – dije mientras me acercaba al casillero y sacaba mis libros.

Me miró por un rato antes de decir.

- ¿Enserio crees que te hubiese pedido matrimonio? Yo creo que te hubiera dejado dos meses después.

Le respondí la mirada y le di una pequeña sonrisa.

La codeé, mientras cerraba la pequeña puerta y me ponía a su lado.

- Te apuesto, que al final de la semana, ya estaría con otra.



Shannon Pierce era, aunque algunas veces no pareciera, mi mejor amiga. Era una chica de grandes risos rubios, bronceado natural, hermosos ojos azules y un cuerpo por el que todos los chicos de la escuela matarían, y las chicas envidiaran. Tenía el tamaño perfecto, si sabes a lo que me refiero, y eso sin dejar de  hablar de sus piernas, que eran kilométricas  y torneadas gracias al voleibol que practicaba cada tarde; ya que a diferencia de mí persona, tenía habilidades. Pero muy contrario a la creencia popular de las rubias hermosas y populares, Shannon era un…. Un gatito nerd. Adora y es adorada por todo el mundo. Es divertida, inteligente y no es para nada pretensiosa. Excepto conmigo.
Shannon podría hablarle y sonreírle a cualquier persona que se le atravesara. Y a pesar que era mi mejor amiga, a  veces era la de todo el mundo. Shannon era de esas personas que tenían esa capacidad de agradar y de agradarle todo el mundo.  Sinceramente, no entiendo como siquiera puede hacerlo,  yo tengo mi cantidad suficiente de mundo antes de las 12:00 pm. Sin embargo ella saludaba y sonreía a todo quien pasara. Literalmente.
Ella no tenía restricciones en cuanto a amabilidad, ella podía hablar con los chicos del club de ajedrez como con los del equipo de fútbol. Ella no  era consciente de las líneas sociales, y no me malinterpretes, no estoy en desacuerdo con ello, sólo que me pregunto si no se cansará alguna vez.
Porque yo lo hacía tan sólo estando tras ella.

Recuerdo al conocerla que no podía soportarla. Tanta amabilidad y dulzura no podían caber en un solo cuerpo, debía tener un oscuro secreto que corrompiera toda esa fachada de afecto. Cuando la conocí tenía doce años. Sí, sé lo que estás pensando. Era una pequeña mierda entonces. Pero me di cuenta, que al parecer, la gente de Montana es así; sin necesidad de “estimulantes”, si me hago entender.
En esos días yo era la niña genio de la clase, y Shannon, que llegaba unos meses tarde, la habían asignado a la silla continua a la mía, para que la pudiese ayudar. Sin embargo no lo hice, repito, era una pequeña idiota envidiosa de doce años. Pero un día se nos asignó un grupo de trabajo y antes que lo supiera ya había apartado a Shannon como mejor amiga; porque, al parecer, no era tan tonta como se veía.

Sonreí ante el recuerdo y me dirigí junto a ella a la cafetería. Y con ello me refiero que caminé a la cafetería mientras ella hablaba con todos y yo saludaba, ciertas veces.
 
Al llegar a la cafetería me acerqué a la caja y pagué un jugo de naranja y una barra de granola, que era lo único aceptable que pude ver en todo el lugar. Shane tomó una caja de leche achocolatada y se sentó a mi lado en una mesa cerca de la salida.
Shannon comenzó a  hablar de la reunión de los delegados que tuvo esta mañana; sí, ella era la presidenta de la clase y era de esa clase de humildes personas que no se inscriben, sino que la gente aclama por su candidatura. Admiro mucho a mi mejor amiga, pero nunca llegaría a ser como ella; ella lo sabía. Pero siendo el ser humano genial que es, soporta mi caprichosa personalidad y a mí. 

En fin, comentaba sobre un chico nuevo que venía a mitad de año, y como ella tendría que guiarlo por toda la escuela. Decía que era extranjero, pero el director no había mencionado de dónde, para mantener el “suspense”.

Dio un suspiro exagerado, mientras ensartaba el pitillo en la caja.

- Will, puedo  ver nuestro futuro.

- ¿Cuál? ¿El tuyo y el mío?

Frunció el ceño y tomó un sorbo.

- No tonta – Me golpeó ligeramente en el brazo. -  Nuestro futuro. El del chico nuevo y el mío.

La miré, incrédula. Enserio podía  ver las estrellitas en sus ojos. Era nauseabundo.

- Estás bromeando conmigo, ¿verdad, Shane?

- ¿Por qué estaría bromeando?- Me dio una mirada sucia.- Sé que será perfecto. Cuando nos veamos por primera vez, nuestras miradas se trabarán en la del otro y sentiría chispas y mariposas en el estómago. Te lo digo Will, él será el indicado.

De un momento a otro, comenzó a divagar sobre que aquel muchacho; al que llamó Robert. Que sería un guapo chico francés; con increíbles ojos claros y músculos asombrosos; que le encantaría la poesía, y hablar de sus sentimientos; todo con su genial acento. (Bueno tal vez no tan literal).  Se enamorarían y se casarían al terminar la escuela. Entrarían en la misma universidad, tendrían cinco hijos después que Shannon concluyera su carrera de medicina y el hermoso francés, derecho. Los llamarían Jaques, Marion, Louise, Anne y Robert; como su padre. Vivirán en una casa de seis habitaciones en París. Ella trabajaría en un hospital local, mientras él estaría haciendo méritos para ser el próximo presidente del país.

Levanté una ceja y la miré.

- ¿Quieres que te diga la verdad?

- No, eres una aguafiestas – suspiró de nuevo, pero esta vez de resignación.-  Al fin y al cabo lo terminarás diciendo ¿no?

Sonreí un poco.

- Así es.

 Ella terminó  su bebida y la dejó a un lado.

- Bueno, y ¿qué es?

Me aclaré la garganta, y troné mis dedos antes de poner mis codos en la mesa.

- En primer lugar, probablemente, será de algún lugar cercano como México o Canadá, no de un lugar interesante como Dinamarca o Suiza - Que no es nada malo, no me mal entiendas, sólo que ella espera a un chico del otro lado del charco.- probablemente sea un Nerd, un geek, o un idiota con ganas de sexo con tontas chicas estadounidenses -. Y cuando se vean por primera vez, dudo mucho que sus miradas encajen; él estará mirando el piso o… tu delantera – Le guiñé un ojo. – Pongo en duda que te cases con él después de eso.

 Ella hizo una cara de asco y me sacó la lengua.

- Vaya William,  no puedes dejarme soñar despierta ¿no es cierto?

- No, simplemente no soy capaz de verlo de esa manera.

Levantó las manos y resopló suavemente, en señal de rendición.

- Como quieras- Una pequeña sonrisa se asomó en sus labios. – Pero si es un sexy chico francés es mío.

Sonreí y asentí.

- Pero si no lo es, te aseguro que el único músculo que tenga ese chico va a ser el de su mano derecha, a no ser que sea zurdo – Subí y bajé las cejas sugestivamente.

- ¡Willa! A veces te tomas muy enserio tu apodo.

Le guiñé un ojo, mientras me ponía de pie y le dije:

- Sólo trato de poner las cosas como son.




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