"Con el cebo de una mentira se pesca una carpa de verdad. -William Shakespeare"
Estoy despierta.
Estoy despierta, porque estoy cansada de soñar.
Estoy despierta, porque dejé de temerle a la oscuridad.
Estoy despierta, porque ya no soy capaz de dormir.
Porque estoy cansada de soñar despierta.
Porque mis ojos se abrieron y no soy capaz de volverlos a cerrar.
El Dr. Weston, sugirió en una de sus sesiones que hiciera una oración que pudiese utilizarla para un mantra al cual atenerme. Mis padres pensaron que necesitaría ayuda médica para poder superar lo que sucedió; no la muerte de Ciara, o que mi madre me abandonara, sino su divorcio. Sí, tenían mucha fe en mí-.
Y aunque al principio fui un poco renuente a ir (cosa que le mencioné a él, en repetidas ocasiones), después supe que no estaba mal desahogarme con alguien, y si mis padres pagaban por ello no iba a desaprovechar la oportunidad. Incluso, después de tantos años, sigo programando dos sesiones al año.
Él hablaba al principio sobre perdonar y esa clase de cosas; pero fue lo suficientemente listo como para comprender que no estaba molesta con ellos por eso, así que planteó otra solución. Y fui lo suficientemente sabia como para acatarla.
Recomendó que lo que sea que me molestase, que mis padres hicieran o no hicieran; lo dijera en voz alta y empezara a hacerlo por mi cuenta. Así que lo hice. Me molestaba que me ocultaran cosas y no me tomaran en serio, entonces empecé a ventilar la verdad, casi exigiéndoles que hiciesen de igual manera.
No puedo negar que fue difícil al principio.
Algunas veces fueron bastante perturbadoras y fuertes.
Pero debía hacerlo si quería avanzar.
Recuerdo la vez que me "convertí en mujer". Dolía como mil demonios y sentía que me iba a partir por la mitad, quería golpear mi cabeza contra una pared de concreto una y mil veces antes de sentir lo que experimentaba (por primera vez) en ese momento. El punto era que mi padre no entendía lo que sucedía, y ya que lo del tema de decir la verdad era en todo momento, le dije que fuera a la farmacia y consiguiera unas compresas femeninas, que del resto me encargaría yo. Mamá acababa de irse en esos días, era imposible tener "la charla" o cualquier tipo de charla con ella, había dejado bien en claro que no quería ponerse en contacto con nosotros (conmigo), dejando su móvil en el mostrador.
Otro día me levanté a mitad de la noche, mi madre aún vivía con nosotros (aunque acababan de divorciarse no consiguió otro lugar, ¿raro, o qué?), y fui a la cocina por un vaso de agua; ella estaba recostada contra el lavaplatos con el rostro surcado de lágrimas, todavía no me había visto, mientras su cuerpo convulsionaba en pequeños espasmos por el llanto. Cuando me acerqué a la alacena por un vaso fui advertida. Me miró como si ella fuese un ciervo, con los ojos abiertos como platos y yo un cazador sediento de sangre. Me miraba como si fuese la muerte encarnada. Bueeno, tal vez no fuese la mejor expresión, a lo mejor, así era. En fin, dolió como un infierno, sólo era una niña de doce años que quería a su mamá.
En vez de escapar, como solía hacerlo antes del consejo del doctor Weston, la miré a los ojos y le dije con seriedad. "Tranquila, trataré de no cruzarme contigo; a lo mejor hiero tus sentimientos". Sin siquiera ver su expresión, salí corriendo. Sentí como si un nudo en mi pecho se aflojara. Y en ese momento supe que todo mejoraría. Supe que estar despierta, respecto a lo que sucede, es mejor que dormir mientras pasa.
Me paseé por la cocina, buscando algo de beber. Al abrir la nevera divise una botella de soda de uva, un cartón de leche medio lleno, una cajita de zumo de manzana, el resto eran frutas y verduras y esa clase de comida saludable.
Quería una malteada. Una malteada muy dulce y sin ningún componente nutritivo.
Gruñí de frustración.
Mientras abría, ya, por tercera vez la puerta del frigorífico, esperando que mágicamente se manifestara una malteada de vainilla cuando lo abriera, el impacto de un bolso contra el mostrador captó mi atención.
- Hola, ¿qué tal el trabajo? – Cuestioné, al tiempo que cerraba el refrigerador derrotada.
- Hola, cariño – Rió falsamente, mientras se sentaba en la barra.- Ya sabes como siempre, la gente es muy versátil y exigente.- primero te dicen "Oh, no importa hazlo como tú creas" y días después cuando ya tienes diez pancartas, más de diez mil panfletos y un aviso en la red te dicen, "No me gusta esa combinación de colores" Entonces quieres golpearte la cabeza con el filo de una mesa.
Terminó el discurso con un gruñido. Vaya, los días difíciles vienen por manada.
- Y qué tal, tú, Willa, ¿cómo estuvo la escuela?
Copié su reacción y reí teatralmente.
- Pues, ayer rechacé un chico y como que no lo hice muy bien, porque ahora viene en busca de sangre; te aconsejo que cierres las ventanas con seguro y comprueba que la puerta sea a prueba de idiotas presumidos - Rodé los ojos con la última parte.- Mmm hoy Shane estaba hablando sobre un estudiante de intercambio que iba a llegar hoy, que nadie lo había visto... y yo lo encontré en la piscina.
Ella frunció el ceño como si no pudiese entender la relación.
Continué mi historia.
- Y... lo encontré mientras escuchaba al chico que rechacé y a Shane hablando de mí. Entonces el tipo extranjero se acercó todo modo acosador on, y cuando me giré a verlo; bueno, tal vez en no muy buenos modos. El imbécil tuvo la delicadeza de empezar a mirarme lascivamente sin mi permiso; como sabes, me gusta, y no pude ducharme en la escuela por lo que tuve que poner casi cinco bolsas plásticas en el asiento de mi auto porque salí corriendo lejos del chico nuevo/inglés/pervertido.
- Vaya, eso sí que es un día entretenido – dijo ella sosteniendo una mano en su boca, conteniendo la sonrisa que denotaba su voz.
- Ah, y un tipo en la biblioteca, me dijo "amigo".
- y yo quejándome de un cliente que estaba inconforme con el tipo de fuente.
La miré fijamente antes de echarme a reír junto a ella.
- Mira el lado positivo – Enarqué una ceja, de manera inquisidora.- Al menos el jovencito inglés te confirmó que no eres un "amigo". – Le di una mirada sucia, antes de tomar una banana del mostrador y subir las escaleras de dos en dos, que llevaban a la segunda planta, donde se encontraba mi habitación.
Hice mi tarea de cálculo, y desprecié la parpadeante luz de mi teléfono al tiempo que trataba de terminar el último ejercicio. Mientras entendía que la respuesta era 0, el celular se agitaba al lado de mi escritorio, casi gritando por mi atención. Rodé los ojos y tomé el aparato del infierno.
Normalmente, no era muy paciente con los teléfonos celulares, y llevaba el mío sólo por la música que él contenía, sin embargo nuestra relación nunca fue muy sana.
Desbloqueé la pantalla y miré el mensaje que parpadeaba.
Will, ¿estás ahí?
Observé el mensaje de Shannon unos minutos antes de contestar. ¿Debería responderle? ¿Hacerle saber que estuve en su intercambio con Ashton? ¿Qué encontré a su alma gemela?
Traté de olvidar todo lo que tenía en mente y escribí.
¿Qué pasa?
Quería saber que estabas bien. Ya me imagino porqué.
¿Por qué no lo estaría? - Tecleé.
Pasaron unos cuantos segundos antes que contestara.
¿Puedo llamarte? – Gruñí y dejé a un lado mi tarea, era claro que había terminado con eso por hoy.
Está bien.
Cuando el teléfono se iluminó con la foto de Shane, toqué el botón verde y lo puse en mi oído.
- ¿Hola? – Dijo Shannon por la línea.- ¿Will?
Me aclaré la garganta mientras pensaba en qué decir.
- Sí, aquí estoy.
Vaya respuesta.
- ¿No estás molesta? – Preguntó de repente.
Fruncí el ceño, aunque sabía que no sabría cuál era mi expresión en este momento.
- ¿Por qué lo haría? – Mi lado malicioso saco la cara por unos segundos. - ¿Debería estarlo?
- No sé, tal vez.- Creí que después de escuchar a Ashton hablando toda esa mierda sobre ti, ibas a saltar sobre él y escribirías una carta a su futura esposa donde debería aceptar otros métodos de concepción dado a que él había arruinado la oportunidad de mantener el convencional.
Medité su respuesta por unos cortos segundos.
- Sabías que estaba allí – Lo dije como una afirmación en vez de pregunta. No me sorprendió, era de esperarse; y al fin y al cabo no era un secreto.
- Sí – Admitió secamente.- No eres muy diestra en lo que se refiere a ser incógnito.
- Y aun así dejaste que hablara de mí, de esa manera – Ataqué.
- No lo hice, esperaba que aparecieras, pero cuando no lo hiciste, lo hice por mi cuenta; supe que tal vez te hubiese afectado demasiado.
- ¿Lo hiciste? – No estaba de acuerdo con lo que él decía, eso apaciguó el nudo que había en mi pecho, al menos sólo un poco. Suspiré. Una especie de calma me consumió.
- Así es – Se aclaró la garganta.- Lo que no entiendo es por qué nunca me dijiste que hacías los miércoles.
- No surgió nunca en la conversación.
- ¿Y la vez que ataqué tus pertenencias y pesqué tu traje de abuela?
- Ese día estuve un poco distraída, si me lo hubieses preguntado te lo hubiera dicho. No era un secreto.
SI mal no recuerdo, debió ser hace un año, en estas mismas fechas.
La línea de quedó en silencio.
Decidí aligerar el ambiente con mi experiencia.
- Respecto a lo del traje de baño, eres una total mentirosa.
Dio un respingo y habló.
- ¿Por qué dices eso?
- Porque mi traje de abuela atrae a chicos extraños.
Soltó una carcajada.
- ¿Enserio?, estaba segura que sólo cautivaba a los gatos como suplente de bola de estambre. – Solté una risita.
- Pues no, al parecer un chico estaba muy interesado en él.
- Te dije que debías conseguirte otro.
Reí maniáticamente.
- Diablos no, no me pondré esas cosas a las que llamas bikinis.
Ella copió mi reacción.
- Supongo que me hubiese extrañado que dijeras que sí.
Un silencio acogedor se apoderó de la línea.
- Sí...
- Ajam... – Contesté. Terminé la aletargada conversación de una vez – Nos vemos mañana.
- Sí, adiós.
- Shane.
- William.
Luego de unas cuantas risas forzosas, la línea se cortó.
No soy muy dada a fijarme intensivamente en mi vestimenta; no es que salga con un costal de patatas, pero mi cerebro no distingue colores tan temprano, así que prefiero tener a la mano ropa sencilla y fácil de identificar. Tanto así que un día salí con unos pantalones cortos en mi cabeza un día de invierno. A papá le pareció gracioso dejar que fuese a la escuela sin decírmelo. Te permito imaginar que sucedió antes que Shane confiscara la prenda.
El día de hoy, me puse unos jeans oscuros, un sweater color rosa pálido y unas zapatillas negras; nada que requiriera mucho razonamiento lógico. Lo sabía porque lo había organizado el día anterior, no porque pudiese verlo en este momento.
Me paré frente al espejo escaneando mi imagen. Lucía algo cansada, pero no lo suficiente para que se notara demasiado, sólo alguien como papá o Emma notarían la diferencia.
Apliqué algo de maquillaje para cubrir las ojeras y las imperfecciones. Puedo presumir que quedé como nueva. Peino mi cabello de tal manera que vuelve a ser suave y controlable, aunque eso no fuese a durar mucho tiempo, dentro de poco, se volverá como un halo rojizo de fuego.
A pesar que a muchas personas no les gusta este color, a mí me encanta; entre Shane y yo jugamos a adivinar si las chicas de la escuela, son pelirrojas naturales o teñidas, es una desgracia afirmar que en mi escuela sólo hemos visto 5 o 6 legítimas, sin contarme. Sí, sé lo que estás pensando. El cliché de la chica Irlandesa pelirroja con problemas de manejo de ira. No te sorprendas mucho, estamos llenos de clichés.
Cuando vi que mi apariencia era decente, salí de mi habitación y corrí por las escaleras en busca de mi desayuno, pero en vez de eso, me encontré a papá con Tara en una competencia de miradas.
Papá llevaba un traje a la medida color gris, a juego con sus ojos; su cabello escarlata, al igual que el mío, se encuentra en una mata rebelde de cabello, que a pesar de ser un abogado despiadado y eficaz, lo convierte en lo que es: El padre divertido y cariñoso que cada niño debería tener. Sí, incluyendo su temperamento irlandés.
- Buenos días, cariño.- Dijo mientras superaba a Tara en su concurso y ella parpadeaba buscando alivio a su ardor.
- Hola, papá; Sherlock – Me dirigí hacia Tara y le revolví su cabello rubio, similar al de su madre. A pesar que no tiene nuestro cabello rojo, heredó los expresivos ojos grises de mi padre.
- Buenos días Illa- Respondió Tara, restregándose ansiosamente los ojos. - ¿Hoy si puedes?
Enarqué una ceja divertida.
- ¿Cuál es tu interés por ir al parque? –
- Porque, Carol dijo que allí están unos animales enormes dando globos.
Oh, oh.
- Esa clase de animales gigantes en los que cabe una persona.
Ella asintió fervientemente.
Yo por mi parte tragué saliva.
- Tara, cariño, ya sabes que no me gustan las personas con trajes de animales. Malditos trajes del demonio, los ojos de esas cosas te seguían a todas partes. Además, el que no puedas ver su rostro, abre la posibilidad que el tipo tras la cabeza de Mickey sea un pederasta o un psicópata. Eso te pone a pensar.
Ella hizo un puchero bastante practicado.
- Por favor Willa, están dando globos en forma de cerditos. – Hizo algo que puso sus, ya muy grandes ojos, gigantes.
Copié su gesto e hice un puchero.
- No me hagas ir.
Parpadeó de nuevo y, no sé qué rayos hizo, pero su expresión se volvió tan dulce y tierna que era tan empalagosa, que pude negarme.
- Está bien, pero va a ser rápido. Y si alguna de esas cosas te dice algo salimos corriendo de ahí.
Ella asintió alegre, haciendo que sus rubias coletas se balanceaban tras ella. Corrió por su mochila, mientras Emma la llamaba para salir.
Esa niña me manejaba con la punta de su dedo meñique.
La seguí con la mirada mientras desaparecía por el pórtico principal. Me le quedé mirando hasta que papá se aclaró la garganta.
- Y bien.- Me giré en dirección a su voz.
Sus cejas se encontraban levantadas junto a la insinuación de una sonrisa jovial.
Me giré y puse en la encimera, la taza que habían destinado para mi cereal.
Tomé asiento frente a él y respondí con la boca llena de hojuelas de maíz.
- ¿Ah?
- Emma me dijo que tuviste un día difícil ayer.- Estoy segura que sus palabras suenan como las de un padre preocupado, pero si su expresión jocosa no fuese tan abierta; no hubiese estado segura para afirmar que le divertía mi situación.
Alcé una ceja.
- Así es.
Su "disimulada" sonrisa, cambió a una real y burlesca.
- Y crees que necesitas ayuda con eso, ya sabes, acusarlo de acoso y de hostigamiento...
Le hice malacara y le saqué la lengua.
Soltó una carcajada y se centró en su plato.
Cuando terminé y me giré para poner el tazón en el fregadero, noté su mirada de abogado calculador, evaluándome.
Me volví y lo miré.
- ¿Qué sucede?
Me dio una sonrisa triste y me miró a los ojos.
- Nada, sólo avísame si necesitas algo.
Como verán, esta es una especie de plática en clave que papá y yo usamos ciertas veces. Cuando papá dice "¿Estás bien, cariño?" quiere decir algo como "Estoy aquí", porque, bien sabe que no es así. Ambos compartimos la pérdida y la tristeza. Y en consecuencia nos apoyamos entre sí.
Esa pregunta fue sólo un reflejo de las significativas fechas que en poco vendrían.
Correspondí su sonrisa, musité un adiós luego de asentir de manera alentadora hacia él.
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